La situación legal de esos espacios e infraestructuras ciudadanas ha resultado de momentos oportunistas y azares del destino y este asunto se ha convertido en una preocupación creciente en ellos. Unos han logrado convenios de cesión del suelo o los inmuebles que los acogen, otros tienen autorizaciones temporales y gratuitas, y algunos se encuentran en limbos legales de difícil definición. Desde hace varios meses, personas y colectivos involucrados en ellos trabajan para definir un marco de relación con la administración que les dote de estabilidad y seguridad legal y despliegue las condiciones para que otros nuevos proyectos puedan desarrollarse.
Ese esfuerzo tiene un precedente concreto: el acuerdo de regularización de una docena de huertos que firmó la Red de Huertos Urbanos de Madrid con el ayuntamiento este año 2015. Un logro que no sólo ha dotado de cobertura legal a esas intervenciones vecinales sino que ha alumbrado en su esfuerzo nuevas formas de interlocución con la administración pública. Los huertos evidencian además una manera distinta de habitar la calle, que no es representada por el jardín que pacifica la ciudad sino por el huerto que la rediseña. Lo que muchos de esos proyectos ponen en juego, como los huertos urbanos, son ejercicios de intervención en el diseño de la ciudad que redefinen sus ecologías, infraestructuras y conocimientos; proyectos que experimentan, de una manera radical, con la condición de lo urbano.
Cuando esos espacios se personan ante la administración lo hacen normalmente bajo el marco de la práctica cultural, la propuesta lúdica o el registro de lo vecinal. Can Batlló es un ejemplo paradigmático, un bloque dentro de un recinto fabril en el barrio de Sants de Barcelona que desde 2011 es gestionado por los vecinos. El documento legal que sella el acuerdo describe el proyecto a partir de “actividades culturales y recreativas de interés público y social” y dice que sus objetivos son “potenciar la vida asociativa del barrio, promover los servicios y actividades de interés ciudadano y potenciar los actos culturales”. En términos similares, el acuerdo que La Casa Invisible de Málaga tenía con el ayuntamiento describía a esta como una “iniciativa cultural”. Ciertamente nos encontramos con proyectos culturales, atravesados por lo lúdico y donde la condición vecinal es un pilar clave. Pero siendo descripciones fieles son también completamente insuficientes, porque lo que traen de nuevo a la ciudad es mucho más que lo que pone en juego un teatro o un museo, un parque infantil o una pista de petanca, una asociación o un local vecinal. Esos proyectos ciudadanos desbordan ampliamente el marco de la cultura.
Hace tiempo que los gobiernos municipales se han dado cuenta de sus limitaciones para gobernar la ciudad. Se equipan de infraestructuras que recablean nuestras calles y plazas con la esperanza de dar solución al tráfico congestionado o atmósferas contaminadas; en otras ocasiones promueven la creatividad o tratan de dotar de inteligencia a la ciudad. En cualquiera de los casos, la mayor parte de las veces son planes movidos por las preguntas de siempre. El desafío que la ciudad nos plante actualmente no es simplemente una mejor gestión, tampoco una mayor inteligencia, ni un aumento de la creatividad o más infraestructuras digitales. El desafío que la ciudad contemporánea parece lanzarnos es cómo ser capaz de pensarla en nuevos términos. No se trata de encontrar respuesta a las preguntas sabidas sino de ser capaces de construir otras nuevas. Y si hay lugares donde se están alumbrando nuevas preguntas son esos espacios donde se ponen a prueba la condición misma de lo urbano, la definición de sus ecologías y las infraestructuras y metodologías que necesitamos para aprender a aprender ciudad.
Para dar cuenta de cómo esos proyectos experimentan e investigan con la naturaleza de lo urbano podemos recurrir al lenguaje pálido y aburrido de la I+D (ciudadana) o a la jerga chispeante y vacía de la ciudad digital e inteligente. Pero más que eso, creo que necesitamos un nuevo vocabulario para nombrar esas iniciativas que mediante el despliegue de infraestructuras ciudadanas liberan capacidades pedagógicas de la ciudad que desconocíamos. Necesitamos nuevo vocabulario para nombrar a esa ciudad que se reinventa, porque pensarlo únicamente desde el registro de lo lúdico, la cultura o lo vecinal sería reducir su valor y limitar su alcance político. No importa lo pequeños que sean esos proyectos porque sabemos que el valor de un laboratorio no se mide por el tamaño de su instalación sino por las dimensiones de las preguntas que nos plantea. Y hay algo de lo que no me cabe ninguna duda: esos proyectos están alumbrando preguntas descomunales para la ciudad que nos ayudan a repensar nuestro habitar en común al tiempo que redefinen los contornos de ese nosotros.
El corolario de todo esto es sencillo. Quizás va siendo el momento de presentarse en nuevos términos cuando interpelamos a la administración y no recurrir a la sencilla coartada de lo cultural o lo artístico porque de la misma manera que eso abre algunos espacios de autonomía cierra otros de excepcional relevancia. Ciertamente podemos pensarlos desde una perspectiva cultural, pero si hay una cultura de excepcional valor que es alumbrada en esos lugares esta es una cultura de la experimentación. Y no es una metáfora la utilización de la figura del experimento sino una descripción fiel que pretende poner las prácticas propias de esos lugares en relación con las múltiples culturas de la experimentación (en ciencias naturales, pero también en arte y determinadas tradiciones de las ciencias sociales). A poco que uno atienda a las formas de registro y de archivo, a la manera como el espacio público urbano es amueblado y dotado de nuevas infraestructuras, o que prestemos atención a los sofisticados circuitos por donde corren los aprendizajes que se generan, no es difícil distinguir y describir en términos experimentales lo que ahí ocurre: comunidades epistémicas experimentales.
Los científicos/as sociales podemos aportar aquí nuestra pequeña contribución, porque los estudios sociales de la ciencia y la tecnología han demostrado desde hace varias décadas que el conocimiento sólido y fundado ya no es producido únicamente por las instituciones convencionales: universidades, academias, centros de investigación… sino que es elaborado también por activistas, asociaciones de vecinos y ciudadanos que se preocupan y producen nuevo conocimiento sobre su cuerpo, la ciudad o el medioambiente. Nos encontramos, literalmente, ante culturas que alumbran nuevas realidades y engendran nuevas preguntas. Estamos ante espacios de experimentación urbana, que dan otra vida a lo que significa experimentar y que debieran ser considerados en esos términos por las administraciones públicas, con todo lo que eso conlleva.
Imagen: La Casa Invisible de Málaga (autora: La Casa Invisible).
]]>Hay una doble y feroz ironía en el salvajismo y la gratuidad con que se ha linchado a Guillermo Zapata este fin de semana.
Los tuits por los que los grandes medios de comunicación y partidos políticos se han lanzado a pedir la cabeza del ya ex-Concejal – operación orquestada, cabría añadir, con delatora urgencia – formaron parte en su día de una conversación mucho más amplia y matizada sobre los límites de la tolerancia en, ¡oh, coincidencia!, la sociedad del espectáculo y los fast/mass media.
¿Qué se puede y no se puede decir en la sociedad digital?, venía a preguntarse entonces Zapata. ¿Quiénes son nuestros públicos, cuáles nuestras etiquetas y convenciones, con qué recursos comunicativos y retóricos construimos un espacio de entendimiento pero también de conflicto y polémica?
De aquellos polvos vienen estos lodos.
Del affaire Zapata, sin embargo, parece que la única lección que hemos extraído es que en Internet hay cosas que se pueden decir y cosas que no; que hay líneas infranqueables, a un lado de las cuales caen el honor, la responsabilidad o la decencia, y al otro lado de las cuales quedan la deshonra, la injuria y la barbarie.
Qué feroz y perversa ironía, entonces, que nos hayamos hecho eco de esa pregunta, la pregunta sobre qué clase de espacio público sean las redes digitales, abandonándonos a los dictámenes inquisitoriales de un juicio sumario y condenatorio, y abandonando, por otro lado, el desafío tan necesario a que nos invitaba la interrogación.
De la pregunta “¿Qué se puede y no se puede decir en Internet?” hemos optado por confrontar, no el problema sino el expediente regulador – esto sí, esto no, tú a este lado, tú al otro –, del cual, por cierto, los grandes medios de comunicación son juez, causa y parte.
Qué sociedad tan estéril y triste, tan derrotada, la que opta por el grito y la pedrada, por el juicio y la sanción, como imagen y espejo de la complejidad.
Vayamos por partes.
1. La esfera pública digital no existe.
Ayer Adolfo escribió un texto en el que recogía las evidencias empíricas que desde las ciencias sociales han demostrado las insuficiencias de las categorías “público” y “privado” para dar cuenta del tipo de comunicaciones que se produce en el medio digital. En la red, nos decía Adolfo, esa distinción queda confundida: no existe un público, ni existe una privacidad. Cuando menos existen varios públicos (en plural), cada uno con sus etiquetas, sus convenciones, su archivo de conversaciones e historia de pensamiento. Del mismo modo, existen grados o modelos de privacidad, que se han ido negociando de a poco para cada una de esas conversaciones.
Tenemos por costumbre referirnos a la ‘red’ como un ente abstracto, etéreo, accesible y abierto. Un ente, por tanto, radicalmente público: en la amplitud de su apertura a la participación, y en la radical exposición y visibilidad de las posiciones que allí se adoptan.
Pues bien, no lo es.
La red está atravesada de divisiones y brechas: de acceso, de género, de lenguaje, de inteligibilidad, de competencias. La red es pura diferencia, y si de algo da muestras no es de la ‘pluralidad’ de nuestro espacio comunicativo sino, más bien, de que la nuestra es una política ‘post-plural’: donde las formas políticas no se caracterizan por tener ésta o aquélla identidad (digamos, ser de derechas o ser de izquierdas, ser pro-vida o pro-aborto) sino por estar abiertas a la emergencia de problemas. La política en red es, por encima de todas las cosas, capacidad de problematización.
Tanto es así que en ciencias sociales hemos dejado de hablar de la red como un espacio público digital. Este es un concepto heredado del liberalismo político y la razón comunicativa (la famosa esfera pública de Habermas) que hoy sabemos no ayudan a pensar la cultura política en la era digital.
2. Redes, causas, infraestructuras, ecologías
Si no hay esfera pública, ¿qué es lo que hay? Hay problemas y modos de problematización.
Hay redes, como nos lo han hecho ver Manuel Castells o Tiziana Terranova: sistemas entrelazados de información y comunicación que redefinen las formas, los lugares y los tiempos que nos damos unos a otros para entendernos y para actuar. La cultura de estas redes no es ni mucho menos benigna o neutral: hemos visto nacer y extenderse regímenes de trabajo intemporales, donde la información sustituye al reloj como medida de la extenuación, y el valor de los cuerpos se desvanece en el fulgor de transacciones inmateriales. Desaparecen las faces y aparecen interfaces; se difuminan los contornos de la biopolítica y van adquiriendo expresión ciertas formas de política molecular.
Hay causas, como las llama Noortje Marres (en inglés, issue-politics): el punto de encuentro que hace converger a un grupo de personas en torno a la defensa – la causa – de un asunto que les concierne. El imaginario judicial que el concepto de ‘causa’ invoca es provechoso, pues las causas ganan en potencia a medida que van construyendo su ‘expediente’. Para ello se requiere la suma de habilidades varias: lenguajes técnicos y legales, peritajes y aportaciones expertas, conocimiento sobre procedimientos administrativos, cintura política y burocrática, diplomacia en y fuera de las redes, manejo de distintas temporalidades y retóricas: las del adversario y las del benefactor, las del perito y las del político, las del aliado estratégico y las del aliado táctico, y por supuesto, las de del público-espectador, la audiencia televisiva, el oyente radiofónico, el paseante distraído. Más que una lucha, una causa es el sistema vivo de todos y cada uno de esos arrastres. Hoy no hay causa que no se arrastre también por los medios digitales, que no horade apoyos y adhesiones a través de la red, pero su supervivencia – la capacidad que tenga su expediente de dejar ‘rastro’, de arrastrar – excede con creces el entorno digital.
Hay infraestructuras, que no son otra cosa que la forma que asumen ciertas causas en su despliegue técnico-material. Pues efectivamente hay causas que se nos dan a conocer como y a través de sus infraestructuras. Por ejemplo, el software libre. El software libre es al tiempo una comunidad digital (los desarrolladores y usuarios que comparten y trabajan con código libre) y un bien común, pero sobre todo es una infraestructura, en este caso la arquitectura del sistema que se despliega y soporta – que corre por debajo, que infra-estructura – las capacidades comunicativas y los protocolos de acceso y reproducción del programa y de la comunidad. Dicho de otro modo, el software libre es un ‘público recursivo’ (Chris Kelty): una comunidad de personas que auto-organiza su reproducción como infraestructura.
Y hay, claro, ecologías, como han descrito Matthew Fuller o Jussi Parikka, de imágenes y textos, código y algoritmos, de irrupciones y disrupciones mediáticas, que se pliegan unas sobre otras, que a un tiempo truncan pero también desdoblan y posibilitan relaciones nuevas, cuya fuga a veces colisiona en un ruido blanco insoportable, el zumbido de un enjambre, que nos envuelve y nos marea, y nos hace vulnerables, pero a veces, también, nos despierta.
3. Ética del ruido
Y pensábamos que el bien y el mal, lo prudente y lo imprudente, el progreso y la barbarie, eran posiciones a sancionar en el espacio público de la razón comunicativa… Pero, ¿y si viviéramos en un enjambre?
El ruido blanco de un enjambre, el zumbido de millones de vibraciones, de roces, de encuentros y, también, de muchos desencuentros.
Qué esterilidad, y qué derrota, dejar pensar la sociedad digital a inquisidores y verdugos. La sociedad del archivo, la sociedad de la memoria más prodigiosa jamás vista, en manos de incendiarios.
Si hay una sensibilidad que la complejidad de nuestra sociedad demanda hoy, esa sensibilidad debe pasar por la ética del ruido y del archivo, la sensibilidad del afinador y el historiador, también, ¿por qué no?, la del apicultor: escuchar, esperar, probar, tantear, cuidar, curiosear, buscar relaciones, leer, y seguir leyendo, buscar más relaciones todavía, preguntar, crear conexiones y contextos, deshacerlos, volver a hacerlos. Habitar mundos complejos.
Qué pobreza, y qué derrota, dejar que nos arrastren de vuelta al espacio público del oprobio y la razón.
Somos enjambre y hacemos ruido.
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La discusión se ha centrado hasta el momento en el contenido sustantivo de lo escrito, unos argumentan que esas declaraciones entran dentro de los límites de la libertad de expresión, que son un ejercicio saludable de humor negro… No voy a entrar en la discusión sobre el contenido sustantivo porque lo que me interesa plantear es un asunto distinto. Lo que está en juego son los límites que debieran tener los medios de comunicación en la utilización arbitraria de nuestras comunicaciones en Internet.
El País ha señalado como injurioso los tweets de Zapata en Twiiter, y esa precisa calificación es importante porque la condición pública de una comunicación es un aspecto relevante para considerarla como una injuria. El argumento que quiero plantear es sencillo: los medios de comunicación no pueden utilizar cualquier cosa que publicamos en Internet, aunque sea de acceso libre porque sus autores tenemos ciertas expectativas de privacidad en relación con esos escritos, imágenes o vídeos. Ese es en mi opinión el asunto central que debiéramos someter a discusión, porque en realidad nos jugamos en ello mucho más que la controversia actual
Pongo otros dos ejemplos para contextualizar y ampliar el asunto. Lo que El País y otros medios han hecho con los tweets de los ediles de Ahora Madrid es parte de una práctica generalizada de utilizar sin miramientos todo tipo de registros tomados de Internet que son después publicados en los medios de masas. Hay un suceso luctuoso en el que una joven es asesinada y un periódico publica imágenes de su cuenta de Facebook. Algo similar ocurre cuando en otra ocasión esas imágenes son tomadas de las cuentas de varias personas que han fallecido en un accidente colectivo. En ningún caso los periódicos solicitan el consentimiento ni a las personas que aparecen ni a aquellas que son autoras de las imágenes. No respetan ni la intimidad, ni la privacidad, ni la autoría. Estos casos nos ayudan a situar lo que ha ocurrido con la utilización de los tweets de Zapata y Soto.
Hay dos razones por las cuales es cuestionable la utilización de esos contenidos por parte de los medios de comunicación. La primera, porque ha sido realizado en un contexto que no es necesariamente público; y la segunda, porque ha ocurrido hace cuatro años. En contra de lo que pudiera parecer no debiéramos dar por sentado que cualquier cosa que escribimos en Twitter, en Facebook, en un blog o en cualquier otro medio social es público. Esta cuestión particular sobre qué es público y qué es privado en Internet ha generado una amplia discusión entre investigadores dedicados al estudio social de Internet desde hace tres lustros.
La cuestión a la que se enfrentan cualquier investigación sociológica de Internet es directa: ¿en qué condiciones puede un investigador/a utilizar los datos que se encuentran en Internet? Por ejemplo, una pregunta habitual es si resulta posible que el investigador registre todo lo publicado en un blog sin pedir permiso a su autor, o si puede hacerse una investigación en una página de Facebook sin comunicárselo a los participantes, o si es posible copiar todo el archivo de una lista de correo sin pedir permiso a quienes fueron sus autores. Una respuesta rápida dirá que si esos sitios no tienen normas explícitas sobre ese asunto y no hay contraseña o mecanismos que bloqueen el acceso a esos espacios, entonces podemos considerarlos como una comunicación pública: todo lo que se dice en ellos puede ser tratado con el estatuto de lo público. Es decir, lo que se expresa en esos sitios puede ser considerado en los mismos términos que lo que se escribe en un periódico, lo que ocurre en la televisión o lo que se dice en una alocución en un evento en la calle.
Sin embargo, ¿realmente podemos aceptar esa homología entre acceso libre y público? ¿Podemos asumir que expresado por una persona en su cuenta de Twitter o en un comentario en una red social tiene el mismo estatuto que lo que escribe para ser publicado en un libro o pronuncia en un discurso? Un amplio número de investigaciones empíricas y reflexiones teóricas dentro del ámbito de los estudios (sociológicos) de Internet nos ha mostrado dos cosas. Primero ha evidenciado que utilizar las categorías público/privado para pensar en el estatuto de las comunicaciones en Internet no nos ayuda mucho, en lugar de resolver y simplificar la situación tiende a complicarla. Lo segundo, nos ha señalado que no podemos identificar como equivalente acceso libre a espacios de comunicación con condición pública de las comunicaciones. Aunque pueda parecer paradójico y en contra de cierto sentido común, la literatura sociológica ha evidenciado algo que probablemente cualquiera de nosotros habrá experimentado en su participación en Internet: la sensación de cierta intimidad, por muy amplio que sea el potencial público al que nos dirigimos.
Las evidencias son claras, las personas tenemos ciertas expectativas de privacidad y realizamos sus comunicaciones destinadas a un cierto público objetivo: escribimos en las listas de correos para aquellos suscritos a ellas, los mensajes de Twiiter los lanzamos para nuestros seguidores y las fotos de Facebook las publicamos para nuestros amigos, o para los amigos de nuestros amigos. No esperamos que sean utilizadas por un investigador que no nos pide permiso, una agencia de marketing o un periódico que lo toma sin solicitar nuestro consentimiento. Puede leerse aquí una amplia revisión de esa discusión. Las dos versiones de la guía ética para la investigación en Internet de la Asociación de Investigadores de Internet (AoIR) evidencian estos argumentos. El trabajo que hemos realizado desde hace meses en lo que hemos llamado El Problematorio de ética de la investigación aporta evidencias similares.
Algunos dirán que la publicación de correos privados ha sido necesaria para airear determinados asuntos públicos. Ciertamente, pero en esos casos los involucrados son personas públicas, en el ejercicio de sus funciones públicas, y los asuntos a los que hacen referencia esas comunicaciones eran ya asuntos públicos de peso, como causas judiciales en curso. Para el caso que nos ocupa, los escritos citados son de tiempo atrás, cuando ninguno de los interesados tenía responsabilidad pública y escribía probablemente, con una cierta expectativa de privacidad y no para la ciudadanía general, como probablemente harían a partir de ahora en sus comunicaciones en Internet.
Insisto, lo que está en juego no es cómo valorar a un representante público por ciertas opiniones vertidas tiempo atrás, sino si los medios están legitimados para plantear ese debate a partir de comunicaciones que no pertenecen al ámbito público. Años atrás la utilización de cámaras ocultas por algunos medios de comunicación suscitó encendidos debates y llevo a la profesión periodística a una seria reflexión sobre los límites de su práctica profesional. Muchos manifestaron entonces la necesidad de respetar los límites de la privacidad y la intimidad de las personas, especialmente cuando se trata de personajes no públicos. Ha llegado el momento de que comencemos a plantear límites similares en lo que se refiere a la utilización bastarda por parte de los medios de masas de comunicaciones que quizás no son privadas, pero tampoco tienen el carácter de publicidad que les permitiría utilizarlas de manera arbitraria y sin solicitar consentimiento.
Imagen: Autor: r2hox. De la obra data.path de Ryoji.Ikeda. Licencia CC by-sa.
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Spain’s Ministry of Economy just opened its annual call for PhD funding.
Our research project, “Ecologies in beta: an anthropological exploration of the open-sourcing of urban worlds” has been awarded one PhD fellowship. The project will be launching later this year and will run until 2018.
We are now looking for candidates interested in doing their doctoral research with us. In order to apply candidates must be enrolled for doctoral work at a Spanish university in either a social sciences (anthropology, STS, sociology) or architectural/urbanism programme. (Please bear in mind that to enrol in a PhD programme in Spain you need to have your undergraduate degree sanctioned as “equivalent” to Spanish degrees by local authorities – this takes time.)
The annual salary for a PhD fellow is set at c. €16,500. Further information on the call’s terms can be found here.
If you have read our research proposal (here) and found it of interest, we invite you to send us an expression of interest (no more than 500 words) outlining how you see your research interests and background fit with the project. Please enclose a copy of your CV (2 pages max.). Deadline for submission of the expression of interest and CV is June 17.
The PhD fellow will join us at the Department of the History of Science at Spain’s National Research Council in Madrid. Your supervisor will be Alberto Corsín Jiménez.
Please note that your submitting your expression of interest to us is not tantamount to an application. You must apply directly to the Ministry of Economy following the instructions set out in the terms of the call. The deadline for submitting applications to the Ministry is June 29.
We look forward to hearing from you.
]]>Acaba de ser publicada la convocatoria 2015 del Ministerio de Economía y Competitividad (MINECO) para la formación de doctores (antiguas FPI).
Nuestro grupo de investigación ha sido concedido un contrato pre-doctoral vinculado al proyecto, “Ecologías en beta: una exploración antropológica de mundos urbanos con código abierto” (CSO2014-51970-R). (El proyecto cuenta con financiación del Programa Estatal de Investigación, Desarrollo e Inovación Orientada a los Retos de la Sociedad desde 2015-2018.)
Os invitamos a que os leáis la memoria del proyecto y nos hagáis llegar vuestras expresiones de interés. Buscamos una persona con nivel alto de inglés cuya formación le permita su admisión en un programa de doctorado en ciencias sociales (antropología, sociología, estudios sociales de la ciencia) o arquitectura/urbanismo.
La persona contratada percibirá una retribución salaria de c. €16.500 anuales. Podéis encontrar más información sobre las bases de la convocatoria.
La persona seleccionada se incorporará a nuestro grupo de investigación en el Departamento de Historia de la Ciencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid. La persona que tendríais asignada como supervisora del doctorado sería Alberto Corsín Jiménez.
Si os interesa el proyecto y os véis desarrollando vuestro trabajo con nosotros, hacedme llegar vuestro CV (2 páginas max) y un breve texto (de no más de 500 palabras) explicándome de qué manera vuestros intereses y trayectoria encajan con los del proyecto a: alberto.corsin-jimenez [at] cchs.csic.es antes del 17 de junio.
Tened presente sin embargo que la solicitud habéis de hacerla directamente en la sede electrónica del MINECO según las bases establecidas en la convocatoria. El plazo para la presentación de solicitudes es del 15 al 29 de junio.
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Por eso he considerado que a lo mejor ha llegado el momento para, no tanto tomar, como abrir una posición, una posición borrosa. Por ejemplo, esbozar un glosario borroso sobre ciudad. Un glosario borroso con el que pellizcarme cada vez que alguno intenta embelesarme con su toma de posesión. ¿Por qué sobre ciudad? Porque sigue siendo, muy a mi pesar y por mucho que lo intento, cosa sobre la que se me mezclan y emborronan muchas cosas y muchas voces.
El glosario recorre algunas de esas voces que hoy oímos sobre ciudad. Unas se oyen más que otras, y desde luego no están todas. Son voces, también, que reverberan, que se superponen y confunde unas con otras. Conviene, sin embargo, tenerlas todas presentes.
1. La ciudad es algo que nos pasa, es decir, algo que nos atraviesa, que nos sobrevuela, una corriente que nos lleva. Somos sujetos pasivos de ella: proceso histórico, macroeconomía, geopolítica del miedo.
Así, nos dicen, la ciudad es un lugar que ocupamos de camino a otro sitio: al progreso, a la modernidad, al desarrollo; también al abismo, a la violencia, a la desesperación y la desesperanza.
¿Cómo nos lleva la ciudad a esos sitios? Generalmente en un tobogán evolucionista, por el que han pasado desde la lucha de clases a la destrucción creativa, así como las más diversas dialécticas higienistas, pedagógicas e iluminadas. Hoy nos hablan de acumulación por desposesión o de aceleramiento antropocénico. Los más felices – históricamente también, los más peligrosos – nos hablan de ciudades marcas y ciudades creativas.
2. La ciudad es una condición, un orden constituido: entre lo sagrado y lo secular, entre cultura y naturaleza, de derechos y obligaciones, de libertades y responsabilidades, de identidades y clases. En la ciudad ‘somos’, y desde esta condición de ser ‘estamos-para’: dar y recibir, mandar o servir, exhibir o ser expuestos, vender y comprar, cuidar o ser cuidados, controlar o ser controlados.
Todavía hoy encontramos ciudades repletas de puertas y umbrales que separan unas condiciones de otras.
3. La ciudad es una comunidad, un entramado de relaciones, a veces simples, casi siempre complejas: gremios y colegios, sociedades y corporaciones, círculos de potentados, círculos de conspiradores y círculos de revolucionarios, gentes de un mismo lugar o personas de una misma orientación sexual o identidad de género.
Las comunidades a veces se mezclan, a veces no, dando lugar a segregaciones raciales, étnicas, profesionales, etc., o bien a encuentros multiculturales y cosmopolitas que nos traen gran alegría y felicidad [sic].
4. La ciudad es una base de datos, sobre esas comunidades y sobre otras que no sabemos aún que existen: datos sobre el perfil socio-demográfico de sus residentes, sobre sus hábitos de consumo, sobre eficiencia energética, sobre transporte y movilidad; datos sobre el precio del metro cuadrado y sobre su relación con el nivel medio de ingresos en un distrito, y sobre el cruce comparado de unos y otros datos por distritos, y todavía otro cruce de datos adicional a partir del nivel educativo de los integrantes de la unidad familiar, o de su lugar de procedencia, o de sus años de empadronamiento.
La ciudad es una gramática abierta de datos cuyas lenguas (en plural) apenas alcanzamos a vislumbrar.
5. La ciudad es un espacio, al interior del cual a veces obramos nosotros, pero que otras muchas veces obra todo él sobre nosotros mismos.
Un espacio privado, un espacio público, un espacio común. Y espacios entre medias, en los intersticios y en los márgenes, con nombres y sin nombres.
Los espacios de la ciudad son a veces fríos bloques de hielo, que nos congelan e impiden movernos. Nos asustan y atemorizan, quedando en ellos atrapados. La imaginación espacial nos puede, nos decimos.
Otras veces creemos que los espacios de la ciudad son nuestros, lugares prestos a ser ocupados. Hay imaginaciones espaciales que nos empoderan, nos decimos.
Y luego está el territorio. El territorio, el territorio, el territorio. Y la escala.
Territorio y escala: escuadra y cartabón para acabar con todo atisbo de imaginación espacial. Para acabar de una vez por todas con la ciudad.
6. La ciudad es un ecosistema, un sistema metabólico y circulatorio, al interior del cual se mueven y desplazan bienes, capital, información, personas y excrementos.
Se mueven recursos y residuos, activos y desechos, muebles e inmuebles, seres humanos y seres inhumanos, al compás de plusvalías que dibujan una ecología política retroactiva y retrógrada.
7. La ciudad es una red, una topología, un sistema infraestructural e informacional; una señal, un bit, un indicador, una imagen.
Information, knowledge, smart cities: No hay manera de quedarse fuera sino es quedándose atrás.
7. La ciudad es un modo de estar en el mundo, una actitud, una cultura: la del flâneur curioso, el paseante que busca dejarse asombrar por las luces de la ciudad, por el centelleo de sus infinitas formas y mercancías; o la del extraño, que navega un mundo nuevo que ni le termina de ser próximo ni le termina de ser ajeno. Entre unos y otros, la ciudad se despliega como un gran espectáculo de consumo, de objetos, personas y paisajes, alimentado a fetichistas, caníbales y turistas, una suerte de fantasmagoría que nos sobrecoge sin que sepamos o queramos resistirnos.
8. La ciudad es una pulsión, un cuerpo enervado, en tensión, curioso y observador, sagaz y espabilado, deseoso y voraz, que se escurre y adelanta a todo, que se escabulle para llegar al mundo una milésima de segundo antes de haber acontecido.
La ciudad está ahí, ahí, ahí, aconteciendo.
9. La ciudad es un sistema abierto y auto-organizado, complejo y emergente, vivo, material, dinámico y recursivo, en constante proceso de aprendizaje.
Por ello, si queremos alcanzar a ‘tocar’ la ciudad, a pulsarla y entrever cómo crece y se desenvuelve, no hay otra manera de hacerlo que a través del aprendizaje, del diseño de sistemas vivos que aprenden de la mano de la ciudad misma.
Aprendizajes que son susurros vertebradores de la vida urbana, que la infra-estructuran, que se despliegan con ella, a diferencia de las normas, las ordenanzas, los reglamentos, los planes urbanísticos y toda otra clase de pronunciamientos expertos, que super-estructuran la ciudad, legislando y ‘enseñando’ un urbanismo ya extinguido y muerto.
Vamos a ver cuánto da de sí la toma de posesión.
]]>Ciduad Escuela toma inspiración del software libre y de su ejercicio recursivo de apertura del conocimiento y propone un ensayo de lo que designamos como pedagogía urbana de código abierto. En el artículo describo dos proyectos de intervención urbana en Madrid que pugnan por reinventar nuestra manera de relacionarnos con la urbe. Para describir los aprendizajes urbanos que se despliegan en esas iniciativas ciudadanas propongo la noción de pedagogías (urbanas) en beta, con ella trato de evidenciar los aprendizajes que atraviesan esos ejercicios de intervención urbana al tiempo que los describo como formas de aprendizaje que pugnan por liberar las capacidades pedagógicas de la ciudad. Ciudad Escuela es una infraestructura que aspira a expandir esos aprendizajes al mismo tiempo que opera como una manera de relatarlos.
Ciudad Escuela. Un ensayo de pedagogía (urbana) en beta (artículo en PDF).
Imagen Principal: Proyecto de El Pati Obert, Lleida (Basurama).
¿Dónde es posible aprender a hacer ciudad?, ¿cuáles son las infraestructuras y conocimientos necesarios?, ¿qué significa, en última instancia, aprender ciudad? En este texto describo un proyecto de intervención urbano llamado Ciudad Escuela, una infraestructura de aprendizaje que despliega las condiciones para experimentar y aprender nuevas formas de habitar la ciudad e intervenir en ella; tomando inspiración del software libre el proyecto propone un ensayo de lo que designamos como pedagogía urbana de código abierto. Ciudad Escuela es, sin embargo, un producto de su tiempo y un efecto de las formas de intervención material en la ciudad que ciudadanos, vecinos y habitantes de la ciudad han desarrollado en Madrid en los últimos años. De un lado a otro del globo proyectos de intervención material en la ciudad traen a la existencia nuevas formas de relacionarnos con la urbe al tiempo que exploran nuevas expresiones para el derecho a la ciudad, modos de intervención material que dotan a la calle de nuevas capacidades y a sus pobladores de nuevas habilidades.
Hay algo antiguo en esa manera de relacionarse con la ciudad, porque ciertamente sus habitantes han intervenido siempre en su diseño, en tiempos de guerra y en tiempos de paz, mediante barricadas insurgentes o a través de huertos pacificados. Pero hay también algo nuevo pues muchos de estos proyectos no pretenden únicamente mejorar las dotaciones del barrio, modificar el equipamiento urbano o resolver los problemas de la casa con apaños. Sin quitarle importancia a esas intervenciones, estos proyectos tratan de reconfigurar las condiciones de nuestra vida en común, un ejercicio tentativo que busca reinventar nuevas formas políticas y componer un mundo distinto. Pero no lo hacen a través de la propuesta sosegada ni la protesta agitada sino mediante un ejercicio de composición material creativa de la ciudad. Si bien es posible pensar en ellos como reinvenciones de la política o reconfiguraciones del urbanismo, mi intención es destacar la condición pedagógica y los aprendizajes que tienen lugar en esas intervenciones urbanas. Para ello me refiero a dos proyectos que dan cuenta de esa manera de intervenir en la ciudad, iniciativas donde los ciudadanos están experimentando con la ciudad mientras aprenden a habitarla en nuevos términos. Las iniciativas que describo toman inspiración de la cultura libre y tratan de emplazar en la ciudad esa idea según la cual el conocimiento debería circular libremente. Mi intención última es introducir la noción de pedagogías (urbanas) en beta, un concepto con el cual describo los ejercicios tentativos y los aprendizajes experimentales que acompañan a esas maneras de hacer ciudad.
En la primera parte del texto introduzco el contexto en el cual surge Ciudad Escuela y me refiero primero a la emergencia del movimiento 15M o los también llamados Indignados y después describo un proyecto de intervención en el espacio público desarrollado en el centro de Madrid desde 2011 llamado El Campo de Cebada; ambos pueden describirse como ejercicios donde se aprende a hacer ciudad. En la segunda parte del texto describo el proyecto de Ciudad Escuela ; señalo al software libre como una fuente de inspiración directa y a las pedagogías críticas como un domino con el que resuena su propuesta de aprendizaje. En buena medida Ciudad Escuela es una caja de resonancia de los aprendizajes urbanos que se han diseminado por Madrid y puede entenderse entonces como un género no re-presentacional, una manera de dar cuenta de lo que le ocurre a la ciudad cuando se torna en un objeto de aprendizaje. Ciudad Escuela es entonces una manera muy particular de relatar la transformación pedagógica de la ciudad, pero en lugar de hacerlo mediante la escritura ese relato adopta la forma de una infraestructura de aprendizaje. Mi argumento último plantea que tanto Ciudad Escuela como las iniciativas referidas pueden describirse como ensayos de una pedagogía en beta, aquella pedagogía tentativa que resulta de nuestra relación con objetos inacabados que nos interpelan a aprender de ellos.
Ciudad Escuela comenzó a principios de 2012 como una serie de conversaciones con Basurama y Zuloark, dos colectivos de arquitectura dedicados a las intervenciones en el espacio público. Junto a ellos y a otros dos arquitectos, Domenico di Sienna y Alfonso Sánchez Uzábal, formamos parte del desarrollo inicial Alberto Corsín Jiménez y yo. Durante más de un año nos reuníamos periódicamente para discutir sobre un proyecto que no teníamos claro cómo materializar y nos encontrábamos habitualmente en diversos contextos de discusión sobre la ciudad en Madrid. Tras muchas conversaciones alguien sugirió un día que la figura del mueble podía ayudarnos a pensar lo que estaba ocurriendo en la ciudad. El mueble puede parecer un objeto mundano e incluso trivial, pero nos pareció una figura que ayudaba a describir la efervescencia política y la transformación urbana que Madrid experimentaba en aquel momento (y ahora en 2015 también); trataré de argumentarlo describiendo dos experiencias singulares desarrolladas en Madrid recientemente.
Madrid vive desde hace varios años un momento de efervescencia urbana. El movimiento 15M, los que han sido llamados también los Indignados, emergió en la ciudad a mediados de 2011 y transformó radicalmente su clima político. El 15M sería una de las inspiraciones del movimiento Occupy Global que se extendería por todo el mundo y adoptaría distintas expresiones en ciudades como Liubiana, Nueva York o Hong Kong. En Madrid todo comenzó el 15 de mayo de 2011 cuando una gran manifestación recorrió las calles de la ciudad al grito de ‘No nos representan’ y ‘Democracia Real Ya’. Al finalizar la manifestación algunas personas decidieron acampar en la Puerta del Sol, la plaza más céntrica de la ciudad. La policía los desalojó y la respuesta fue una concentración mayor que se transformó en una acampada que ocupó la plaza durante cuatro semanas.
Imagen de la #AcampadaSol Puerta del Sol en mayo de 2011 (Julio Albarrán).
La acampada se convirtió rápidamente en una ciudad en miniatura dentro de la ciudad. Estaba equipada y amueblada con dispensario, guardería, biblioteca, cocina pública… otras acampadas en otras ciudades como Barcelona o Sevilla eran igual de sofisticadas. Había un comedor abierto a cualquiera, una biblioteca que reunió varios miles de libros en pocas semanas, espacios de reunión y lugares para el reposo. La acampada desplegó también toda una infraestructura digital constituida por blogs y listas de correos basados en software libre y adoptó una red social llamada N-1 como herramienta de trabajo preferente (Corsín Jiménez y Estalella, 2011). Las actividades de la acampada estaban organizadas en comisiones responsables de asuntos como la comunicación, las infraestructuras y la organización de los espacios de discusión (dinamización), y por grupos de trabajo encargados de asuntos temáticos como sanidad, educación, política, etc. La intensa convivencia no estaba exenta de problemas. Se prohibió, por ejemplo, el alcohol y hubo tensiones por cuestiones de género. Pero lo relevante es que la ocupación del espacio y el amueblamiento de la plaza permitió que muchas personas aprendieran a relacionarse de una manera distinta con la ciudad. Podías encontrar a gente barriendo el asfalto de la calle como si se tratara de su propia casa y a otros reposando en un sofá que transformaba la plaza en una sala de estar. La calle se convertía en algo distinto que permitía relacionarse con los otros de una manera diferente.
Dos semanas después del comienzo de la acampada emergieron más de un centenar de asambleas barriales por todo Madrid que replicaban la forma organizacional de la acampada. Las asambleas se reunían semanalmente en la calle para discutir los asuntos que importaban al barrio y en ese ejercicio transformaban radicalmente el espacio público. Esas reuniones en la calle rompen la regla que las ciudades modernas establecieron durante el siglo XIX, según nos ha contado Richard Sennett (1977), según la cual los habitantes de la ciudad comenzaron a tener derecho a estar solos en compañía de otros, el derecho al silencio en público. Las asambleas en el espacio público del 15M hacen posible que uno pueda interpelar políticamente a extraños en la misma calle. Su ocupación del espacio público calle airea una nueva política urbana que dota a la calle de nuevas capacidades y a quienes la habitan de nuevas sensibilidades urbanas (Estalella y Corsín Jiménez, 2013). Durante la acampada lo habían dicho muy claramente: el método asambleario de ocupación de la calle era una manera de recuperar el espacio público y promover el pensamiento crítico.
Montar las asambleas en la calle era un asunto complejo, requiere ordenar el espacio, hay que moderar los debates, tomar actas… Hubo quien aprendió a hablar en público en esas reuniones, otros que comenzaron a usar las tecnologías digitales por primera vez, quienes dieron rienda suelta a sus habilidades artísticas y quienes descubrieron su capacidad para la oratoria. Muchas personas que previamente no habían tomado parte en ejercicios políticos aprendieron y se involucraron en las asambleas, y muchos activistas con una larga historia de militancia comenzaron a hacer las cosas de una manera diferente. Las asambleas se convirtieron en un espacio de aprendizaje, algo que ha sido desatendido en los relatos que se han hecho del 15M y del Occupy en general.
Me he detenido en el relato detallado de la acampada y las asambleas porque quiero destacar ese aspecto: la acampada y las asambleas han sido escuelas en las que muchas personas han aprendido otro tipo de política y una sensibilidad urbana diferente. Son prototipos de una forma de asociación que transforma nuestra manera de habitar la ciudad mientras experimenta con nuevas formas políticas. Ambas re-amueblaron material y conceptualmente nuestro derecho a habitar la ciudad, dieron otra expresión política y una nueva forma material al derecho a la ciudad al tiempo que liberaban la posibilidad de nuevos aprendizajes en ella. Alumbraron nuevas ecologías de relaciones urbanas que podríamos describir como la expresión del derecho a la infraestructura (Corsín Jiménez, 2014); y ello sólo ha sido posible gracias a la construcción de unas infraestructuras que habilitan las condiciones para un nuevo aprendizaje de la ciudad. La ciudad transformada en un objeto de aprendizaje colectivo.
Lo que hemos descubierto en estos años en Madrid es que la ciudad no deja de ser intervenida materialmente mediante ejercicios que generan las condiciones de su propio aprendizaje. La práctica de Zuloark y Basurama puede ser descrita de esa manera; y para ilustrarlo me quiero referir ahora a otro lugar de Madrid que añade matices al argumento que he desplegado hasta ahora. Su nombre es El Campo de Cebada, un enorme espacio al aire libre de 5.500 metros cuadrados ubicado en un barrio céntrico de Madrid que desde 2011 ha sido gestionado por los vecinos del barrio y habitantes de la ciudad tras alcanzar un acuerdo con el ayuntamiento, propietario del terreno. La gestión recae en una asamblea que se reúne semanalmente y que está abierta a la participación de cualquiera. El proyecto no tiene ninguna financiación pública o privada pero ha sido capaz de construir un lugar pleno de actividad. Hay un cine en el verano, música durante los fines de semana, talleres de cualquier tema durante la semana. El proyecto ha sido reconocido en el año 2013 por el Festival Ars Electronica y por la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo .
Imagen general del Campo de Cebada (Campo de Cebada).
A lo largo de los últimos años el espacio ha sido equipado con todo tipo de infraestructuras diseñadas y construidas por sus propios habitantes. Zuloark, por ejemplo, organiza cada año un taller de lo que llaman Hand Made Urbanismo con estudiantes de la Universidad Javeriana de Bogotá, aunque está abierto también a cualquiera que quiera participar. El taller está destinado a seguir interviniendo en la infraestructura del Campo de Cebada y en 2014 planteaba una imagen para su trabajo, la de un parlamento urbano: “un mueble capaz de generar escuchas entre miembros de una misma comunidad” . Con ese punto de partida su propuesta era ejercitarse en la construcción colectiva de un objeto único y múltiple al mismo tiempo.
Hay un aspecto esencial que acompaña muchos de los ejercicios de construcción material que Zuloark y Basurama realizan: la producción de documentación sobre sus procesos. Los diseños que elaboran para equipar el espacio público son descritos minuciosamente, tanto por ellos como por los asistentes a los talleres. Ambos han desarrollado a lo largo de los años una intensa práctica de documentación y de producción de archivos que tiene como objetivo abrir sus procesos de construcción. La idea es que los diseños puedan ser examinados por otros y ser replicados en otros lugares. No se trata entonces sólo de relatar lo que ha ocurrido sino de proporcionar los elementos necesarios para que los aprendizajes realizados puedan viajar (las imágenes inferiores son ejemplo de ello).
Algunos muebles elaborados en el Campo de Cebada y la documentación generada en su construcción (Zuloark).
Un proyecto paradigmático de esta manera de operar se llama Inteligencias Colectivas desarrollada por un colectivo llamado Zoohaus (en el cual participa Zuloark). Inteligencias Colectivas es una gran base de datos de soluciones y apaños urbanos que encuentran durante sus viajes por distintas partes del mundo. El archivo digital de Inteligencias Colectivas está repleto de apaños documentados con todo detalle con la expectativa de que puedan ser replicados en otro lugar. Inteligencias Colectivas es entonces una base de datos de conocimiento abierto que está diseñada para que su información y conocimiento puedan viajar libremente.
Un ejemplo de ‘inteligencia’ documentada en el repositorio de Inteligencias Colectivas (Zoohaus).
Hace sólo unas décadas los archivos eran una tecnología que estaba en manos de los Estados y las grandes instituciones, eran instrumentos de gobierno; los ciudadanos no teníamos archivos, en su sentido preciso. En las últimas décadas los archivos sin embargo han proliferado y ahora nuestra vida cotidiana transcurre a través de la producción de archivos que alojan imágenes en nuestros teléfonos, que guardan nuestras acciones en las redes sociales o que ordena cualquier cosa en nuestras computadoras (Featherstone, 2006). La construcción deliberada de archivos está presente en muchos proyectos activistas que implícitamente reconocen, como dice el antropólogo Arjun Appadurai (2006), que toda documentación es una forma de intervención. Cuando relatamos el mundo lo transformamos, y cuando archivamos su pasado estamos proporcionando materiales para imaginar un futuro distinto. Appadurai dice por ello que el archivo ha sido liberado y en manos del activismo ciudadano se ha convertido en una tecnología de la imaginación que ya no guarda únicamente el pasado sino que ayuda a imaginar otros futuros. Yo añadiría que muy a menudo, el archivo hace eso porque genera las condiciones para que el conocimiento viaje y se produzcan nuevos aprendizajes, como vemos con la base de datos de Inteligencias Colectivas. Como he dicho antes, estos ejercicios de intervención material que documentan con detalle sus prácticas amueblan la ciudad material y conceptualmente; me quiero referir a este segundo aspecto.
Secularmente hemos tendido a separar en occidente lo que llamamos teoría de práctica, acción de reflexión, investigación de intervención; pero es una distinción maniquea que no describe adecuadamente cómo aprendemos. Lo hacemos mediante la reflexión especulativa, cierto, pero también mediante la acción activa; aprendemos con la cabeza pero también con las manos. Las recientes propuestas de autores como Matt Ratto (2011) de lo que han llamado critical making tratan de diseñar metodologías a través de las cuales podemos producir conceptos mediantes prácticas materiales. Son metodologías que generan talleres dedicados a la producción de objetos que no son el objetivo final sino un medio para la producción de nuevos conceptos. Es a través del mismo proceso de cacharreo tecnológico y exploración material como se produce la elaboración conceptual. Los ejercicios de critical making son entonces lugares en los cuales se encuentran inextricablemente imbricadas la producción material y la elaboración conceptual. No es difícil pensar en las intervenciones materiales de Zuloark y de otros proyectos urbanos como ejercicios que producen nuevas formas de pensar la ciudad mientras la transforman materialmente.
La Acampada, las asambleas y El Campo de Cebada, son lugares donde la ciudad es intervenida materialmente, espacios donde se exploran nuevas manera de habitar la ciudad y relacionarse con ella. Hay en todos esos lugares un trabajo de producción de nuevos saberes y un esfuerzo material que despliega las condiciones para nuevos aprendizajes. Ciudad Escuela es testigo de esa manera de intervenir en la ciudad y efecto de los aprendizajes que se despliegan. En su diseño original el proyecto pretende ser una infraestructura que ayude a esos aprendizajes que se están liberando en la ciudad. La pregunta que nos rondaba la cabeza cuando arrancamos el proyecto era sencilla: ¿cómo lograr que esa reinvención de las formas de asociación política, de amueblamiento material y de modos de sociabilidad pueda viajar hacia otros lugares y perdurar en el tiempo?
En su estructura formal el proyecto está compuesto por un conjunto de lo que hemos llamado itinerarios pedagógicos. Cada itinerario señala un eje conceptual para pensar la ciudad que emerge en esas intervenciones urbanas y propone además una serie de aprendizajes específicos. El proyecto propone, por el momento, cinco itinerarios: infraestructuras abiertas, códigos y lenguajes, des-plazamientos, urbanismos en beta y finalmente interfaces. El itinerario de ‘urbanismos en beta’ versa sobre formas de urbanismo experimental, experimentos urbanos como la acampada o el campo de cebada en los cuales los habitantes de la ciudad exploran la posibilidad de diseñarla de una manera distinta. La ciudad ya no es planeada por los urbanistas en sus despachos sino prototipada por los ciudadanos en la calle; ya no se hace tirando líneas sobre un papel sino construyendo muebles en la plaza. Otro itinerario, el de códigos y lenguajes, se refiere a los nuevos géneros narrativos que han sido alumbrados para dar cuenta de la ciudad, las tecnologías con los que lo urbano se re-codifica digitalmente a través de nuevos modos de encuentro, narración y registro.
Serie de cinco itinerarios pedagógicos de Ciudad Escuela.
Cada itinerario tiene una serie de módulos de aprendizajes que se realizan en talleres desarrollados a lo largo del tiempo. El itinerario de Urbanismos en beta tiene cinco módulos de aprendizaje: recursos materiales, ciudades en beta, el derecho a la infraestructura, investigación en mo(b)imiento y el último es diseños abiertos. El módulo de ‘Diseños abiertos’, por ejemplo, es descrito de esta manera: “abrir el diseño de una infraestructura implica construir una comunidad de usuarios que haga suyo el equipamiento. Abrir los diseños, por tanto, requiere reformular el sistema de diseño como un sistema de cuidados, de relaciones inclusivas y afectivas: aprender a diseñar a partir de las especificidades de una comunidad, de sus necesidades y posibilidades, de sus tiempos y ritmos, de los materiales de los que dispone, etc.”.
Durante 2014 Ciudad Escuela realizó 18 actividades, la mayor parte de ellas talleres al aire libre. Uno de ellos es el taller de Hand Made Urbanismo que he descrito antes, pero hay otros. Basurama realizó un taller de experimentación de prototipos fabricados con residuos para la realización de intervenciones efímeras en espacio público, en un nuevo centro llamado el Instituto DIY. Y realizó una intervención en Lleida en el solar de la Iglesia del Dolors, en el Pati Obert. Zuloark ha llevado a cabo recientemente un taller de mobiliario Open Source en Medialab-Prado y en verano realizó un Campamento Urbano para niños. Cada uno de esos talleres se concentra en uno o varios aprendizajes específicos. Por ejemplo el taller de Hand Made Urbanismo se concentraba en el módulo de diseños abiertos, pero abordaba también el aprendizaje de los recursos y la generación de documentación distribuida.
Itinerario de ‘Infraestructuras abiertas’, con los cinco módulos de aprendizaje/badges que conforman el itinerario.
Hay un último aspecto de Ciudad Escuela que es esencial. Los aprendizajes a los que me he referido anteriormente son todos ellos aprendizajes informales pues se desarrollan al margen de las instituciones educativas tradicionales. Ocurren en la calle y en las plazas y son aprendizajes que problematizan las experticias establecidas y que desafían las formas tradicionales de autoridad epistémica. El ámbito de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología nos ha mostrado en las últimas dos décadas que el conocimiento sólido e incontrovertido ya no es producido únicamente en las universidades y en los centros de investigación sino que es generado también por asociaciones de pacientes, por organizaciones civiles en defensa del medio ambiente o por iniciativas ciudadanas promotoras de los derechos sociales. Pese a todo ello, las universidades e instituciones educativas tradicionales mantienen el monopolio para impartir las enseñanzas legitimadas, certificar los aprendizajes válidos y sancionar los conocimientos fundados.
No quiero que esto que digo se entienda como una crítica totalizante a la autoridad de la ciencia, la academia, la universidad o la escuela. Todo lo contrario. La ciencia moderna es valiosa porque desde hace cuatro siglos ha sido capaz de alumbrar los mecanismos más sólidos para hacernos una idea cabal del mundo. Sabemos además que en los tiempos que corren la universidad y la educación se encuentran amenazadas por una reforma neoliberal que puede cercenar la escasa autonomía de pensamiento que aún quedaba en estas instituciones, por lo cual es necesario una defensa férrea de ellas. Pero eso no está reñido con el reconocimiento de otros lugares donde se produce conocimiento sólido, otros modos de aprendizajes válidos y otras formas de enseñanza fructífera. De hecho, me atrevería a decir que un ejercicio que reconoce otros saberes, enseñanzas y aprendizajes es una de las mejores maneras de defender tanto la academia como nuestras instituciones educativas.
Dicho esto, Ciudad Escuela intenta intervenir en ese espacio de legitimación de aprendizajes informales y saberes situados en los márgenes. Lo hace incorporando una infraestructura digital de software libre llamada Open Badges que fue publicada en 2011 por la Fundación Mozilla, la creadora del navegador Firefox. Los Open Badges son una infraestructura digital para la certificación de aprendizajes. El punto de partida de Mozilla era sencillo. Hay muchos aprendizajes que se realizan actualmente en Internet: alguien que aprende a cortar el pelo viendo videos en YouTube, otra persona que aprende a escribir software en foros de programadores, una tercera que desarrolla sus habilidades fotográficas en grupos de Flickr…. Mil y un aprendizajes que no es posible acreditar. Un aprendizaje que no es posible demostrar es una confianza que no se puede depositar, un reconocimiento que no se llega a otorgar. Mozilla creó entonces un sistema para acreditar esos conocimientos.
Badge de ‘Recursos materiales’.
Un badge es como un título, un dispositivo que acredita un cierto aprendizaje y el desarrollo de una habilidad. Quizás pueda parecer que es un mecanismo similar a la expedición de títulos de nuestras universidades y escuelas, pero hay una diferencia importante: quienes los otorgan no son las instituciones convencionales. Y muy importante, cuando alguien solicita un badge reconoce la capacidad para enseñar de aquel que lo otorga; así que el reconocimiento es mutuo entre quien aprende y quien enseña. Podemos decir entonces que los badges generan nuevos circuitos de valor y reconocimiento al margen de las instituciones tradicionales. Así que cada módulo de aprendizaje básico de Ciudad Escuela tiene asociado un badge que permite la acreditación de enseñanzas y aprendizajes. Por dar una idea de cómo son exactamente, la estructura de los badges es la siguiente:
- Título del módulo de aprendizaje.
- Descripción del aprendizaje.
- Cómo ganas el badge y evidencias de aprendizaje.
- Actividades en las cuales puede realizarse el aprendizaje.
- Quién concede ese badge.
- Participantes que han realizado el badge.
- Documentación que ha sido elaborada en los aprendizajes.
Hay dos últimos aspectos importantes del proyecto. He señalado que es una infraestructura abierta para los aprendizajes urbanos y quiero destacar tres sentidos en los cuales la infraestructura está abierta: (i) cualquiera puede utilizar nuestros módulos de aprendizaje y badges, y eso ha ocurrido en los últimos meses, tres de las actividades de Ciudad Escuela ha sido realizadas por otros colectivos; (ii) cualquiera puede elaborar nuevos módulos de aprendizaje y badges y en las últimas semanas hemos incorporado un nuevo badge/módulo de aprendizaje llamado Resta y renuncia. Maneras de (des)hacer ciudad y territorio’, elaborado por el colectivo de arquitectura n’UNDO y finalmente, (iii) la misma infraestructura puede ser replicada, y así ha ocurrido de hecho, y justamente ha sido en Medellín donde un arquitecto (Juan Herrera) ha replicado Ciudad Escuela para Colombia.
El software libre es la infraestructura en Ciudad Escuela: el código de la página, su diseño y la infraestructura de los open badges. Pero el software libre es también una fuente de inspiración del proyecto. El software libre es una de las creaciones más genuinas y singulares de Internet que nos ha obligado a repensar en buena medida nuestra sociología de la técnica y nuestras economías del conocimiento. Una de sus características definitorias es su convicción y esfuerzo por promover la circulación del conocimiento. Las empresas han desarrollado y comercializado las tecnologías de software desde hace décadas siguiendo un modelo que oculta mediante mecanismos técnicos y prohíbe mediante regulaciones legales el acceso y la circulación del conocimiento inscrito en esas tecnologías. No podemos saber cómo son los programas informáticos por dentro ni cómo funcionan y el software libre invierte ese planteamiento en un gesto radical cuando abre su código y libera su conocimiento. Cuando hace eso nuestra relación con la tecnología cambia porque ya no somos simples usuarios, podemos examinarla, trastear con ella, modificarla… y convertirnos en co-diseñadores.
Esa apertura de las tecnologías informáticas ha cautivado a miles de programadores apasionados que en las últimas dos décadas han participado en el desarrollo de esa tecnología. Miles de programadores cacharreando con el código ha llevado a que propongan constantemente mejoras y el resultado es que los programas informáticos de software libre se encuentran siempre en estado de desarrollo. Su construcción nunca tiene fin, como la enciclopedia Wikipedia, que nunca alcanza una versión final. Los programadores llaman a eso un estado beta indefinido, son prototipos en estado beta, espacios de experimentación donde se prueban constantemente alternativas y que generan permanentemente nuevas preguntas. La consecuencia es que el software libre es mucho más que una tecnología y ha llevado a sus estudiosos a describirlo como una cultura del don, una forma de imaginación moral, una innovación radical en los regímenes de propiedad intelectual y una reinvención de nuestra esfera pública. Hay un aspecto singular que esos investigadores señalan a menudo pero sobre el cual la historiografía y sociología del software libre no ha prestado mucha atención. Me refiero a la densa imbricación que hay entre la apertura del código informático de los programas y la liberación de nuevos aprendizajes como parte esencial de esas tecnologías.
La historia del sistema operativo Linux es iluminadora de la condición pedagógica de las tecnologías libres (o abiertas). El antropólogo Chris Kelty (2008) ha relatado de manera magistral esa condición en su historia sobre el desarrollo del sistema operativo Linux, el cual surgió como evolución de otro sistema operativo destinado al aprendizaje informático en la universidad llamado Minix. Minix estaba pensado para ser exclusivamente un instrumento pedagógico en el ámbito universitario. Su autor, Andrew Tanembaum, quería que fuera así y por eso no lo modificó en exceso. Linus Torvalds, el promotor inicial del sistema operativo Linux, estaba ávido también por aprender a programar y cuando comenzó con su sistema operativo no puso límites a sus posibles usos y modificaciones. El resultado fue que su sistema operativo se convirtió en un excepcional objeto de aprendizaje. Miles de programadores han aprendido informática a través de Linux y otros programas de software libre. Abrir el software y permitir su modificación invita a jugar con el sistema operativo, cacharrear con los programas y trastear con el código.
El gesto de abrir los programas libera su conocimiento y convierte a cada una de esas piezas de código en un objeto que no sólo se puede usar sino que se puede aprender. Pero ello ha requerido un enorme ingenio y esfuerzo en las comunidades de software libre. Para lograrlo han creando un nuevo régimen de propiedad intelectual (basado en licencias), han generado sus propias infraestructuras materiales, y han innovado en los mecanismos organizacionales para la gestión de sus comunidades. Hay un esfuerzo consciente en el software libre por generar condiciones de aprendizaje. El código de los programas informáticos es documentando profusamente, y hay extensas discusiones no sólo de programación sino también de los aspectos legales. En las listas de correo se discuten minuciosamente asuntos relacionados con la propiedad intelectual y en ellas han aprendido muchos programadores los recovecos arcanos del código de la propiedad intelectual.
Abrir el código es entonces una manera de dotar a esos objetos en estado beta de las condiciones para nuevos aprendizajes; y podríamos decir entonces que la apertura del código libera también su propia pedagogía. Una pedagogía que es tan tentativa como el objeto que la trae a la existencia. Una pedagogía que resulta de nuestra relación con esos objetos inacabados que nos interpelan para aprender de ellos, una pedagogía que en el ejercicio de prolongar esos objetos en el tiempo se orienta esperanzadamente hacia el futuro, una pedagogía que en el trabajo de proliferación de esos objetos en diferentes direcciones señala la posibilidad de múltiples respuestas y la multiplicación de nuevas preguntas. Una pedagogía inacabada que pugna por no acabarse, esperanzada que trata de esperanzarse y que nos abre la vía para seguir lanzándonos preguntas. En definitiva, una pedagogía en estado beta.
Algo que el software libre nos ha enseñado ha sido a repensar nuestra misma concepción de la libertad. Internet y las tecnologías digitales han estado desde hace cuatro décadas estrechamente ligadas a la idea de libertad. El argumento ha sido que primero los ordenadores personales, después Internet y posteriormente todo un nuevo repertorio de tecnologías digitales ensanchan las capacidades humanas y con ello su libertad (una lectura inversa es también habitual) (Kelty, 2014). La libertad es un tema del que toda disciplina de pensamiento se ha ocupado extensamente desde hace siglos, así que no pretendo entrar en la discusión sustantiva sobre la libertad porque es de una complejidad enorme. Tampoco es mi intención dilucidar si las tecnologías digitales nos liberan o nos esclavizan, si nos abren nuevos horizontes o nos los cierran. Lo que pretendo evidenciar es la estrecha relación entre las tecnologías digitales y ciertas ideas de libertad que les acompañan y que ha llevado a transformar nuestra misma noción de libertad. Para los programadores del software libre esta no es únicamente la atribución de un ser autónomo (nosotros, los humanos) sino el resultado de nuestra relación con ciertas infraestructuras, dispositivos, tecnologías… que nos capacitan para hacer esto o lo otro. La liberación y la emancipación ha sido también una figura central de las pedagogías críticas. Autores como Paulo Freire, Henry Giroux y Peter McLaren nos han mostrado desde la década de los setenta que la pedagogía era un lugar de politización y un método para la emancipación de los individuos. Paulo Freire (2005 [1970]) nos legó años atrás una hermosa manera de pensar en la pedagogía cuando señaló que la revolución debe tener ineludiblemente una dimensión pedagógica. Una pedagogía que debería equipar a aquellos que aprenden con las habilidades necesarias para problematizar el mundo.
En mi descripción inicial he tratado de mostrar que los proyectos a los que me he referido están reinventando nuestra manera de relacionarnos con la ciudad están atravesados por una dimensión pedagógica. Son proyecto que en su habitar la ciudad generan las condiciones tentativas, y muchas veces precarias, de nuevos aprendizajes. Son ejercicios que experimentan con la posibilidad de desarrollar nuevas formas de aprendizaje o, dicho de otra manera, son intervenciones urbanas que mediante infraestructuras precarias amueblan la ciudad y ensayan sus propias pedagogías urbanas, unas pedagogías que como sus intervenciones se encuentran en desarrollo permanente, unas pedagogías urbanas en beta. Cierro ahora mi argumento. Ciudad Escuela toma inspiración del software libre, de ese esfuerzo por abrir el conocimiento y su ensayo de pedagogía urbana encuentra intensas resonancias con las pedagogías críticas. Tanto el software libre como las pedagogías críticas son dos maneras de pensar la libertad desde el ejercicio pedagógico: una que pugna por liberar los objetos técnicos y otra que propugna la emancipación de las personas. Ciudad Escuela toma inspiración de ese impulso liberador pero lo dirige hacia otro objeto: la ciudad.
La emancipación del oprimido es una instancia ontológica, nos dijo Paulo Freire, un proceso por el cual aquel emancipado se convierte en algo distinto de lo que era, transforma su esencia. El software libre también discurre por una senda similar porque abrir el código genera lo que el antropólogo Chris Kelty llama público recursivo, que es aquel que “está vitalmente comprometido con la conservación y modificación material y práctica de los medios técnicos, legales, prácticos y conceptuales de su propia existencia como público” (Kelty, 2008: 5), un público que nos habla de la reorientación del conocimiento y el poder en nuestras sociedades contemporáneas y que ayuda al reforzamiento de nuestras democracias. Si la pedagogía crítica produce personas emancipadas y el software genera públicos recursivos que refuerzan nuestra democracia, entonces podemos preguntarnos ¿cuál es la transformación ontológica de la ciudad cuando liberamos su capacidad pedagógica?, ¿qué ciudad traen a la existencia las pedagogías en beta que liberan la capacidad pedagógica de la urbe? Esa es la pregunta que hemos alumbrado en el proyecto de Ciudad y que ahora nos mueve.
Ciudad Escuela. Un ensayo de pedagogía (urbana) en beta (artículo en PDF).
Referencias
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Featherstone, M. (2006). Archive. Theory, Culture & Society, 23(2-3), 591-596.
Freire, P. (2005 [1970]). Pedagogy of the oppressed. New York, London: Continuum.
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Senett, R. (1977). The Fall of Public Man. New York: Knopf.
]]>Durante los últimos meses hemos sido invitados a hablar sobre Ciudad Escuela un par de veces a la Radio del Museo Reina Sofía. Las entrevistas dan cuenta del origen del proyecto, de los encuentros y desencuentros con que nos hemos topado desde su puesta en marcha; también, de la coyuntura y las condiciones de vida y trabajo que atraviesan y conforman el ejercicio de un urbanismo comprometido y crítico hoy; y, en suma, de las aspiraciones y posibilidades que imaginábamos, y seguimos imaginando, para el proyecto.
Las entrevistas, por tanto, son una buena introducción a Ciudad Escuela. La radio del museo, además de colgar el archivo de audio de las mismas, ha tenido la gentileza de transcribirlas. (El material original disponible aquí y aquí.) He pensado que merecía la pena juntar ambas transcripciones en un mismo texto, acompañándolo, también, del audio original.
1. Entrevista a Alberto Corsín Jiménez, junio del 2014
Transcripción
Alberto Corsín: El proyecto Ciudad Escuela lo ponemos en marcha una plataforma de investigación en mobimiento (con b de mueble), sobre las formas en que política, conceptual y materialmente la ciudad se infraestructura a día de hoy. Esa plataforma de investigación en mobimiento se llama 15 Muebles, inspirada en el tipo de ciudad que el movimiento 15M puso en escena. La plataforma la componemos dos colectivos de arquitectura, Basurama y Zuloark, dos antropólogos, Adolfo Estalella y yo mismo, y dos arquitectos con experiencia en la transformación de la Arquitectura en una práctica y una cultura de red, que son Domenico di Siena y Alfonso Sánchez Uzábal.
Lo que nos proponíamos en nuestra residencia era problematizar el tipo de ciudad que el 15M hizo visible en esos tres aspectos: infraestructuras políticas, infraestructuras conceptuales e infraestructuras físicas, materiales. Y hacerlo en términos más o menos simétricos a las experiencias que se estaban sucediendo en la ciudad de Madrid, especialmente en aquellas experiencias que nosotros conocíamos muy de cerca. Por ejemplo, el Campo de Cebada, Estoesunaplaza o las asambleas de barrio, las mareas, etc.
Una de las cosas que nos preguntamos y que la investigación intenta vehiculizar es ¿Qué es la pedagogía cuando te la encuentras en la calle? Cuando encuentras gente que está poniendo en marcha proyectos no necesariamente pedagógicos, sino más bien políticos, de autoconstrucción o epistémicos, de transformación a nivel intelectual y de prácticas críticas. Estas distintas maneras de intervenir la ciudad tienen sin duda un valor educativo, un componente educacional, pero no necesariamente son pedagógicas. Lo que nos planteamos entonces es, además de ser fieles a estas prácticas de intervención de la ciudad en sus propios términos, intentar eclosionar sus potencialidades y líneas de fuga pedagógicas.
Lo que acabó dando una arquitectura, un soporte, al proyecto es un desarrollo tecnológico que tiene la Fundación Mozilla que llaman los Open Badges. Es un proyecto que pone en marcha la Fundación Mozilla hace cuatro años, cuando se dan cuenta de que hay millones de personas aprendiendo cosas en Internet y que esos aprendizajes no están reglados. Hay gente que está aprendiendo a cortar el pelo viendo vídeos en Youtube o está aprendiendo a tocar la guitarra o a soldar, y todo ese aprendizaje no tiene una certificación detrás. Entonces Mozilla pone en marcha los badges, que permiten a cualquier persona convertirse en un emisor de badges. Si consideras que se te puede dar bien enseñar a tocar la guitarra puedes armar una página web donde subes vídeos y enseñas a otros a tocar. Cada uno decide en qué términos y cómo enseña. La persona que emite los badges tiene que desarrollar algún sistema para comprobar que el que está al otro lado está aprendiendo de verdad, lo que Mozilla llama las evidencias.
Nosotros, inspirados por el sistema de los Open Badges, nos preguntamos: si la ciudad está a día de hoy en un momento experimental, que era nuestra hipótesis de partida, podríamos de alguna manera decir que hay infinitas pedagogías ahí fuera, de gente que está contándose la ciudad y reaprendiéndose la ciudad mutuamente, unos a otros. Entonces, ¿qué tal si usamos esta tecnología de los badges para hacer todo eso visible y liberar todo ese conocimiento? Hay mil maneras de relatar, de contarse la ciudad como ciclista, como viandante… ¿Qué tipo de escuela sería aquella que puede hacer visible todo eso? La plataforma es una página web: ciudad-escuela.org/ y está estructurada de la siguiente manera. Tiene tres puertas de entrada: lo que llamamos “Descubrir la ciudad” que son nuestros itinerarios. Hemos creado cinco relatos sobre la ciudad, relatos más o menos teóricos donde hacemos visible la ciudad que nosotros reconocemos a través de esta problematización en la que hemos estado ocupados los últimos cuatro años, desde el 15M. Una ciudad que tiene que ver con infraestructuras abiertas, donde los ciudadanos asumen el diseño, la puesta en escena, la certificación incluso de sus propias infraestructuras urbanas. Ése es un itinerario, las infraestructuras abiertas. Otro itinerario tiene que ver con urbanismos en beta, lo que llamamos un urbanismo experimental. Otro tiene que ver con las interfaces. Hemos sido testigos de la proliferación de interfaces y pantallas en la ciudad, desde dispositivos móviles a nuevas maneras de contarse la ciudad a través de todo tipo de relatos en blog, con twitter, con facebook. Hay nuevos media que mediatizan e intermedian cómo nos contamos la ciudad unos a otros. En fin, son cinco itinerarios y cada itinerario es simplemente un itinerario posible. En el interior de cada itinerario, y ésta es la siguiente puerta de entrada a Ciudad Escuela, están los badges, lo que nosotros llamamos las “unidades de aprendizaje”.
2. Entrevista a Manuel Pascual y Adolfo Estalella, diciembre del 2014
Transcripción
Manuel Pascual: Ya no sé puede trabajar solo como desde fuera sino que tienes que interactuar y hacer un proyecto junto a la gente o junto a la ciudad para que tenga sentido el proyecto.
Adolfo Estalella: Algo de lo que hemos hablado poco pero que me parece muy relevante es que es un proyecto de colaboración entre arquitectura y antropología. Entre una antropología que comienza a diluir sus formas habituales y se re-infraestructura o se dota de nuevo equipamiento material y una arquitectura con una sensibilidad singular, que va más allá de la construcción y empieza a pensar de una manera muy seria la condición social de sus intervenciones. Es interesante cómo surge el proyecto porque surge de un fracaso, de un intento de estudiar a la manera tradicional de la antropología a Basurama. Y hay una resistencia por parte de alguno de sus miembros e incomodidad y tenemos que buscar una alternativa, y la alternativa es generar un espacio de colaboración en el que ya los otros no son nuestro objeto de investigación sino nuestra parte en una colaboración. Ciudad Escuela es una propuesta de colaboración y el resultado de una colaboración.
Manuel Pascual: Lo que nos ha dado el Reina Sofía o el centro de estudios es tiempo para trabajar y tener unas metas en las que construir ciertos objetivos. El Reina nos ha obligado a cristalizar el proyecto, con los errores y las bonanzas que eso lleva.
Adolfo Estalella: Lo que hemos intentado hacer es desarrollar esta idea y esta práctica de qué sería una pedagogía urbana de código abierto, que era la idea principal en torno a la cual cristaliza el proyecto. La cristalización ha sido en torno a una serie de itinerarios pedagógicos que proponen grandes temáticas para comenzar a pensar la ciudad como un objeto de aprendizaje y un lugar donde se aprende y cada uno de estos itinerarios está alfombrado con una serie de badges que son temas específicos. A lo largo del último año, lo que hemos es hecho desarrollar una serie de 20 talleres distintos en distintos lugares de la ciudad e ir equipando con estas actividades el proyecto. Hemos desarrollado la infraestructura, que es un sitio web hecho con código abierto, la cual puede tirar cualquier actividad pedagógica que ocurra en la ciudad. Estamos muy contentos por dos razones: Una porque la infraestructura ha sido replicada casi literalmente en Colombia. Entonces un clon literal de la web lo puedes encontrar en ciudadescuela.co. Y por otro lado, porque varias iniciativas y colectivos de arquitectura han comenzado a utilizar los badges de Ciudad Escuela. De alguna manera, esa idea de cómo abrir el código de esta pedagogía urbana comienza a cuajar cuando otros colectivos se interesan por la plataforma.
Manuel Pascual: Una cosa que es interesante que ha sucedido, que además era una cosa que al principio criticábamos del propio proyecto, que se haya construido casi un sistema que lo que hace es legitimar el conocimiento. Yo hago un taller de diseño participado en una plaza y le digo a la gente que desde ahora además pueden llevarse un badge en diseños abiertos de Ciudad Escuela. Esa cosa de la “titulitis” que era algo que queríamos evitar pero que para mucha gente funciona. Tenemos un taller periódicamente en el Campo de Cebada con una universidad colombiana y se han lanzado como locos a solicitar ese badge. Cada una de las personas que quiere un badge tiene que abrir una documentación nueva de lo que ha aprendido. No solo aprendes sino que tienes que publicar, abrir lo que has aprendido al resto del mundo.
Los badges de Mozilla no solo están infraestructurando procesos pedagógicos sino que están infraestructurando otras formas de ejecutar el diseño. Imagínate, acaba de legalizarse la reforma de 16 huertos urbanos comunitarios en Madrid. Imagínate si el ayuntamiento de Madrid en vez de diseñar los huertos urbanos a través de un plan homogeneizador o un plan urbanístico convencional, un plan de cómo tienen que ser los huertos, diseñara a través
de planes pedagógicos vinculados a Ciudad Escuela o cualquier otra plataforma parecida. No voy y construyo lo que creo que la gente necesita y lo hago igual en todos los huertos, sino que lo que hago es diseñar talleres de reflexión o de trabajo en torno a los huertos. Para que sean los propios ciudadanos los que puedan diseñar y construir estos huertos comunitarios. Imagínate que muchas de las cosas que se planean en la ciudad de esta manera, desde un rígido plan desde arriba, se pudieran diseñar o infraestructura a través de talleres o de circunstancias de pedagogía cada una de las cosas que suceden en la ciudad. En vez de hacerlo de una planificación vertical se haga desde un trabajo pedagógico horizontal. Se podría hacer un plan general de Madrid basado en estrategias de pedagogía en vez de estrategias de planificación.
Adolfo Estalella: Ciudad Escuela intenta hacer visible la condición pedagógica de muchos proyectos que están poblando la ciudad. Un huerto no es solo huerto es una manera nueva de practicar la ciudad y de imaginarla. Detrás de eso hay un todo un ejercicio de aprendizaje del que Ciudad Escuela toma inspiración y que por otro lado intenta hacer visible. Ciudad Escuela sería una infraestructura para todo esos ejercicios pedagógicos, una infraestructura que intenta hacerlos visibles y sancionar esa condición pedagógica y que no sean únicamente las instituciones tradicionales las que sigan ostentando el monopolio de cuáles son los conocimientos legitimados. Además del ejercicio pedagógico, hay una propuesta política en Ciudad Escuela en la cual la política no se entiende únicamente no solo a través del discurso y de la palabra sino a través de la intervención material. Construir un huerto en la ciudad hay todo un ejercicio político detrás de esto. Amueblar el espacio público como se hace en el Campo de Cebada es toda una intervención política en la ciudad, que no pasa por la manifestación sino que “mobiliza” la ciudad con b, con b de mueble.
Una manera de pensarlo o a través de la cual hemos tomado inspiración es a través de esa idea del derecho a la ciudad, que es una figura que acuña Henri Lefebvre a finales de los sesenta para pensar en el derecho a la ciudad como un ejercicio de reclamación a habitar la ciudad en nuevos términos. Nuevos derechos entran en la existencia o comienzan a poblar la ciudad a través de esos ejercicios de amueblamiento. Podríamos decir que una de las ideas que propone Ciudad Escuela es la idea de re-amueblar el derecho a la ciudad, dotarle de nuevas infraestructuras ya no solo es una cuestión puramente discursiva sino que requiere de nuevos muebles.
]]>Las expresiones de protesta que en los últimos cuatro años han recorrido toda España han colocado a la ciudad en el centro de la política; escenario de un ejercicio que reinventa las formas y el objeto de la práctica política. Guanyem en Barcelona y las diversas agrupaciones de Ganemos, primero en Madrid y después en otras ciudades de toda España, atestiguan la emergencia de un movimiento que el libro objeto de esta reseña nombra como nuevo municipalismo. Sabemos que las ciudades han emergido en décadas recientes como espacios centrales de la gobernanza política contemporánea. Ante el progresivo vaciado de un Estado que pierde atribuciones a favor de instituciones supra-nacionales e infra-estatales, la ciudad emerge como lugar paradigmático de una nueva gobernanza. El panorama es quizás más complejo y el libro da cuenta de ello al apuntar a la complejificación cada vez mayor de los niveles de gobierno.
‘La apuesta municipalista’ plantea como tesis central la idea de que las ciudades constituyen una oportunidad central para la renovación de nuestras democracias actuales: “si tomamos las instituciones que resultan más inmediatas a los ciudadanos, los municipios, y los convertimos en ámbitos de decisión directa, podemos hacer realidad una democracia digna de tal nombre” (143). La obra se organiza en cinco capítulos, los dos primeros trazan la emergencia histórica del municipalismo en España (capítulo uno) y en otros países europeos en la últimas décadas (capítulo dos). El capítulo tercero describe la arquitectura institucional de los municipios españoles establecida en la democracia y el cuarto concreta la discusión para el caso de Madrid y hace una revisión de la historia de las asociaciones vecinales y la transformación de la ciudad en el proceso creciente especulación inmobiliaria. El libro se cierra con una llamada a un municipalismo democrático que enumera un catálogo de propuestas que constituyen un borrador de manifiesto.
Municipio libre
La obra sitúa la emergencia histórica de lo que denomina municipalismo en el siglo XIX, momento en que se arma la arquitectura institucional del Estado español y se delinea la idea de autonomía municipal. Será un periodo convulso de gobiernos efímeros e insurrecciones permanentes a lo ancho de toda España en el que está en disputa, entre otros asuntos, el equilibrio entre la aspiración centralizadora del Estado y la autonomía de sus distintas instituciones territoriales. El liberalismo progresista de carácter republicano, federalista, democrático y social verá en los municipios la oportunidad para una reorganización del poder político y se enfrentará durante todo el siglo a la oposición de conservadores y liberales de otro pelaje partidarios de un Estado centralizado. En mitad de esas luchas cobra forma la idea de autonomía municipal a través de distintas legislaciones que comienzan con la Constitución de 1812 y continúan posteriormente con reformas en décadas siguientes. Algunas de esas mediadas permanecen hasta la actualidad, como el establecimiento de diputaciones, institución dependiente del gobierno central, en un nivel superior al del ayuntamiento y que con la reciente reforma municipal gana en atribuciones.
Los liberales se organizan durante todo ese tiempo en clubes secretos y tablaos diseminados por pueblos y ciudades; el paradigma de estas agrupaciones secretas fue quizá la sociedad de Los Comuneros. Esos espacios serán el armazón para las insurrecciones constantes que se producen desde mediados de siglo por toda España y que cristalizan en la constitución de juntas revolucionarias en los municipios. Resultado de ese proceso es la idea del municipio libre que se desarrolla en el último cuarto del siglo cuando se radicalizan las ideas municipalistas de un republicanismo que tiene entre sus objetivos la comunalización de las tierras. La idea tendrá recorrido hasta la década de 1930 donde se articula en torno a tres ejes: urbanismo ecologista, poder democrático local y auto-organización del bienestar.
Okupas y verdes
Las protestas de la década de los sesenta del siglo XX darán lugar a la emergencia de nuevos movimientos urbanos que hacen de la ciudad su objeto de reclamación. La obra describe dos de ellos: la experiencia de okupación de los llamados Provos y Kabouters en Holanda que emergen a finales de la década de los sesenta y se desarrollan durante la década de los setenta; y los movimientos ecologistas en Alemania y Francia y su transformación en partidos políticos. Las propuestas de transformación social de estos movimientos adoptaron tres líneas diferentes: expresiones contraculturales que tomaron la forma de acciones públicas como candidaturas paródicas, nuevos movimientos urbanos, y alternativas políticas formales. Un ejemplo son los Provos holandeses, que nacen como movimiento contracultural a través de acciones públicas callejeras en la forma de happenings que vehiculan su crítica a la sociedad de la época. De ahí pasarían a cristalizar como movimiento y se convertirían en la década de los setenta en partido político con el nombre de Kabouters; llegaría a obtener una representación considerable, aunque efímera, en el ayuntamiento de Ámsterdam. Sirvieron de ejemplo para otros movimientos europeos que vieron en la transición a formas convencionales de la política una estrategia capaz de desestabilizar las instituciones tradicionales. La rotación de cargos electorales, el origen dentro de movimientos políticos y la creación de programas sectoriales sirvieron de inspiración a otros grupos ecologistas y radicales diseminados por Europa.
Pero serían los movimientos verdes los que explorarían a fondo la posibilidad de conjugar movimiento social y representación política a través de la forma del partido. Frente a la alta capacidad de movilización de los movimientos su impacto en la política institucional era limitado, de manera que a lo largo de la década de los sesenta los verdes comienzan a constituir los primeros partidos políticos por toda Europa. En Alemania lograrán tener una gran relevancia desde mediados de la década de los setenta con un movimiento que se sostiene sobre cuatro principios: ecología, justicia social, democracia de base y no violencia. Fueron ellos los que exploraron las tensiones entre movimiento y partido: estructurados con cargos rotativos y no remunerados, su organización era abierta de manera que cualquier persona no afiliada podría ocupar cargos, lo suyo era un “partido anti-partido”.
Ayuntamientos democráticos
Tras una introducción histórica que da cuenta de expresiones políticas que han hecho de la ciudad su eje de articulación el libro regresa a la discusión de la arquitectura política territorial de España. El municipio vuelve a cobrar relevancia institucional con el establecimiento de la democracia. Junto con las Comunidades Autónomas, los municipios son los dos pilares sobre los cuales se construye la organización territorial del Estado español. La noción de autonomía municipal emerge durante el siglo XIX y es desarrollada legalmente con el establecimiento de la democracia. La Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local de 1985 establece el marco legal de competencias municipales que varían dependiendo del volumen de la población. Hay dos aspectos cruciales que ayudan a comprender la estrecha relación que durante las últimas dos décadas los municipios han establecido con el sector inmobiliario: de un lado la insuficientemente financiación que han recibido del gobierno central y del otro la falta de claridad o incluso opacidad en las competencias de los ayuntamientos. En ese escenario de escasez de financiación los ayuntamientos convirtieron el suelo en su fuente de financiación principal (más de la mitad de sus ingresos). La liberalización del suelo a través de la reforma de la legislación estatal en 1998 intensificó ese proceso que dotó de una amplia autonomía a los ayuntamientos para el diseño de sus mercados inmobiliarios.
Esto llevó a una progresiva competencia territorial entre ciudades en un mercado en el que pugnan globalmente por conseguir la localización de empresas o la inversión de los mercados al tiempo que compiten dentro de sus Estados por infraestructuras. En esas circunstancias los municipios se han convertido en empresarios de su territorio, frente a la época anterior en la que eran administradores políticos del territorio. El resultado de la crisis ha sido catastrófico para los municipios que obtenían de la actividad inmobiliaria la mitad de sus ingresos pues estos disminuyeron un 70% entre 2007 y 2011. Ante esta situación el gobierno central ha aprobado una reciente reforma legislativa (Ley de racionalización y sostenibilidad de la administración local) que reduce drásticamente la autonomía de los ayuntamientos y desplaza muchas de sus competencias hacia las comunidades autónomas y las diputaciones provinciales.
El ejemplo de Madrid
El cuarto capítulo hace una revisión rápida del proceso por el cual Madrid se ha transformado en una ciudad global en la últimas tres décadas. Describe el movimiento migratorio que se intensificó desde la década de los sesenta y la emergencia del intenso movimiento vecinal en la década de los setenta que constituyó la escuela política de muchos vecinos. La aparición de barriadas nuevas y apresuradas fue el lugar donde esas asociaciones se establecieron a través de reclamaciones de mejores equipamientos. La historia de cómo las asociaciones perdieron su vigor cuando muchos de sus cargos entraron a formar parte de las primeras administraciones municipales tras las elecciones de 1979 es de sobra conocida.
Madrid creció desorbitadamente en términos territoriales en esas décadas, y volvió a hacerlo posteriormente a partir de 1995 y hasta el comienzo de la crisis económica en 2008. Un ejemplo de la desmesura de su inversión en infraestructuras lo encontramos en el número de autovías y autopistas que se ha triplicado desde 1990 mientras que el suelo ocupado se ha duplicado. Se trata de un crecimiento basado en el ciclo inmobiliario y su inserción en los flujos financieros globales a través de la localización de grandes multinacionales en la ciudad. Durante ese tiempo la capital se transforma en una ciudad global en la que se localizan grandes empresas multinacionales españolas que traen un importante flujo de capital que invierte en el sector inmobiliario. Al mismo tiempo se produce un progresivo proceso de privatización de la sanidad y la educación en manos de la comunidad autónoma. El capítulo sintetiza la amplia investigación que el OMM ha descrito en ‘Madrid, ¿la suma de todos? Globalización, territorio y desigualdad’, y ‘Manifiesto por Madrid. Crítica y crisis del modelo metropolitano’.
Nuevo municipalismo
El libro se cierra con una defensa vigorosa de un nuevo municipalismo que debiera ser la fuente de una renovación, o más bien transformación, de nuestra democracia. Una defensa de la democracia directa que permita formas de autogobierno mediante la fórmula de lo que se denomina ‘democracia de cercanía’. La propuesta reconoce la dificultad que supone hacer de los ayuntamientos la piedra de toque política para el reforzamiento de una democracia en unos territorios cada vez más conectados y complejos; la apuesta hipotética es sin embargo desafiante y seductora. El libro reconoce que el ordenamiento institucional municipal constituye una limitación para el programa propuesto, por ello resulta necesario repensar no sólo en términos municipales sino muy a menudo en términos de regiones metropolitanas. La hipótesis que lanzan es que el municipio puede ser el sitio y punto de partida en el que confluye y cobra forma la efervescencia política que en estos momentos recorre el país. El libro se cierra con un esbozo para un manifiesto que pasa por pensar los ayuntamientos como espacios para la política y no para la gestión; por explorar una nueva forma de institucionalidad democrática, intensificar el federalismo, las economías de base municipal y sostener la condición de movimiento sin caer en la esclerotización de la que adolece el partido político.
Pedagogías
El libro reconoce las recientes expresiones municipalistas como herencia del clima que el 15M trajo a las plazas de todas España en 2011. Ha sido habitual situar este movimiento y el Occuppy global en relación con el movimiento altermundista que tomó las ciudades de todo el mundo en el cambio de siglo. En algunas ocasiones se ha puesto en relación también con el vigoroso movimiento vecinal que se desarrolló en la década de los setenta en España. La apuesta municipalista hace algo más al situarlo en una larga tradición que hunde sus raíces en las insurrecciones del siglo XIX y eso es sin duda una valiosa contribución. Hay cierta romantización en la invocación que se hace de la democracia directa cuando se señalan las formas políticas asamblearias de las polis griegas o de las comunas medievales como ejemplos paradigmáticos, esas expresiones políticas están lejos de ser ejemplos a seguir si uno atiende con precisión a los estrictos límites que tenía la participación política en la polis griegas. Quizás lo más problemático es que la propuesta municipalista que defienden vuelve a andar los caminos del antagonismo político que señala el conflicto como espacio paradigmático de la política. Pero algunos de los ejemplos que señalan evidencian que quizás una nueva política para una nueva ciudad no deba andar necesaria o únicamente el camino del antagonismo.
Así lo hacen cuando reconocen que en las asociaciones de vecinos “todo estaba por inventar y los vecinos resultaron ser los <<pioneros>> de una nueva forma de vida urbana” (118) o cuando señalan la necesidad de abrir una amplia entrada al amateurismo que es el elemento constitutivo de la política democrática, frente a la expertización de esta que debería ser reducida al mínimo. Si las asociaciones de vecinos fueron la escuela política de muchos la amateurización requiere igualmente del aprendizaje de aquellos alejados de la experticia política convencional. Tanto un caso como el otro señalan a la pedagogía como espacio para la reinvención de una política que no tiene una forma antagonista sino el registro de un nuevo aprendizaje.
La ciudad se ha convertido en un objeto no sólo de las nuevas experiencias municipalistas sino de toda clase de proyectos que exploran cómo componer una ciudad distinta con un repertorio diferente de prácticas. Si esos nuevos municipalismos elevan el activismo hacia lo institucional otro tipo de proyectos lo descienden hacia lo infraestructural. Me refiero con estos últimos a iniciativas que exploran cómo componer una ciudad distinta a través de formas de intervención material: huertos urbanos, edificios okupados, espacios liberados y ejercicios que reamueblan unos y otros lugares con infraestructuras ciudadanas. Son demasiadas las ocasiones en las que no se reconoce la potencia política de tales proyectos, pero todos ellos equipan la ciudad con un nuevo mobiliario material y conceptual, un nuevo repertorio de prácticas e infraestructuras políticas. Y lo hacen a través de la constitución de espacios de aprendizaje, donde construir una ciudad distinta es un efecto del aprendizaje sobre esta.
El conflicto sobre el que se sostiene la política antagónica es un espacio experto, sólo son capaces de acceder a él quienes tienen ciertos conocimientos y sólo son capaces de habitarlo unos cuantos comprometidos. Conocimientos y compromiso son aspectos que son y pueden ser aprehendidos, de ahí que un ejercicio de política radical no resida quizás en el conflicto sino en los aprendizajes previos. Es quizás ese ejercicio de aprendizaje de la política lo que el 15M nos mostró, como lo hicieron antes las asociaciones de vecinos, los movimientos verdes, o los clubes anarquistas y las asociaciones de liberales. La pregunta que queda entonces en el aire es cómo hacer del aprendizaje el instrumento para el diseño de una ciudad distinta. Y no me refiero con ello a un aprendizaje para transformar la ciudad sino a un aprendizaje que en su ejercicio trae a la existencia ese otro nuevo municipio al que aspiramos.
]]>Intimidades epistémicas
Hace mucho que la universidad decidió externalizar su circuito de circulación del conocimiento. Revistas alejadas que publican artículos y editoriales ajenas que se ocupan de sus libros, la práctica académica convencional asume que una vez inscrito el conocimiento debe viajar por sí sólo y generar sus propios públicos: ¿cómo sería un trabajo académico que no se ocupa sólo de la producción de conocimiento sino que también se preocupa por mimar las ecologías epistémicas que sostienen su circulación? El Observatorio Metropolitano de Madrid nos proporciona algunas pistas de ello. Un colectivo dedicado a la producción de pensamiento crítico sobre la ciudad, el Observatorio fundado hace cuatro o cinco años ha sido capaz de generar uno de los ecosistemas de pensamiento urbano más vigorosos y fructíferos de los últimos años en Madrid. Desde su fundación han publicado nueve libros que examinan desde la emergencia de la política neo-conversadora en España al análisis pormenorizado de las grandes transformaciones urbanas experimentadas por la capital; una producción intelectual que deja en evidencia a muchos departamentos universitarios pese a que sus recursos económicos son limitados.
Es difícil deslindar el Observatorio de la trama que lo conecta con la editorial que publica sus libros (Traficantes de Sueños), las instituciones culturales con las que se relaciona (Fundación de los Comunes, Museo Reina Sofía, Medialab-Prado), las iniciativas activistas de intervención en la ciudad (Patio Maravillas) y el barrio de Lavapiés en el que se incardina. El Observatorio dedicado a estudiar la ciudad establece con ella una estrecha relación a través de la cual esta se convierte en el lugar donde su conocimiento se despliega, circula, cobra forma y genera interlocuciones. De otra manera, pareciera que el Observatorio no sólo da cuenta de la ciudad sino que intima con ella.
Si la academia tiende a externalizar el circuito de circulación de su conocimiento, el Observatorio parece hacer de eso parte integral de su esfuerzo, un ejercicio recursivo que se preocupa por las condiciones materiales de la circulación situada de su conocimiento y la construcción de sus propios públicos locales. Hay en ello un gesto explícitamente político que se ubica en el dominio de la investigación militante, una forma de producción de conocimiento que opera fuera de la academia en una búsqueda de autonomía intelectual. Para quienes estamos dentro de la academia y no queremos abandonarla el Observatorio, como otros proyectos de investigación militante, nos desafían a re-imaginar nuestras formas de compromiso político pero también a hacer visible la condición política de nuestro trabajo, muchas veces sutil e invisibilizado. Quizás podemos tomar inspiración de ese ejercicio de intimidad epistémica con la ciudad y ese esfuerzo por equipar al conocimiento no sólo con argumentos sino con las infraestructuras y espacios que lo permiten viajar. El observatorio nos ayuda a repensar cómo acompañar al conocimiento que producimos en su vida social: generando las ecologías urbanas que lo ayudan a fructificar.
Arquitecturas de la asociación
La universidad parece agotada en sí misma: aburrida, ensimismada y esclerótica; volcada hacia el interior e incapaz de renovar sus límites. Departamentos, grupos de investigación, asociaciones y colegios profesionales han conformado tradicionalmente sus formas de organización académica: jerárquicas, formales, inflexibles y atravesadas por la cultura del servilismo imperativo. La desafección de quienes habitan las aulas y recorren los pasillos es concomitante con la ausencia de imaginación para renovar sus formas de trabajo colectivo. Y es precisamente en ese dominio del trabajo colectivo donde una figura se ha desarrollado en el ámbito de la arquitectura en los últimos años. Algunos arquitectos (jóvenes en su momento) comenzaron hace una década a explorar otras formas de asociación y organización del trabajo dentro de su disciplina para engendrar eso que después han designado como colectivos de arquitectura.
Los relatos que los colectivos han elaborado de sí mismos invocan en su descripción formas de organización horizontal, entornos de trabajo colaborativo, modos de asociación abierta y una orientación hacia la participación ciudadana. Durante este tiempo han renovado radicalmente el modo de trabajo de su disciplina, han transformado su sensibilidad y le han dotado de una ética profesional consciente de la condición política que implica el monopolio tradicional de la construcción de ciudad. Los colectivos reinventan la figura tradicional del estudio de arquitectura fraguado en torno a un pro-hombre (sólo excepcionalmente mujeres). Frente al estudio-marca dedicado al ladrillo y aislado de la ciudad, el colectivo organiza su trabajo mediante talleres ubicados en el espacio público y abiertos a los ciudadanos. Frente a la arquitectura grandilocuente el suyo es un ejercicio de humildad, al tiempo que desplaza la arquitectura hacia nuevos lugares la expande hacia nuevos horizontes.
Hay un doble gesto singular en los colectivos del cual podríamos aprender quienes habitamos la academia. Primero, su audacia para problematizar los límites de una experticia que históricamente han monopolizado: sus talleres en la calle, poblados por vecinos y destinados al rediseño de lo pequeño redefinen en buena medida el urbanismo. A través de esas intervenciones señalan nuevos actores, otros saberes y nuevos lugares en la construcción de la ciudad. Un trabajo que emerge a través de una geografía distintiva en la ciudad de espacios vacíos que han sido rehabilitados, terrenos vacantes recuperados, huertos urbanos reverdecidos… Los colectivos trazan en la ciudad una geografía de espacios de intervención donde se experimenta con lo urbano. Segundo, los colectivos renuevan su disciplina a través de nuevas arquitecturas (metafóricas y literales) de lo colectivo, unas arquitecturas del trabajo colectivo que movilizan prácticas cuidadosas, infraestructuras digitales, una ética diferente y un nuevo imaginario de su profesión. Bien podríamos en la universidad tomar inspiración de todo ello para rehabilitar los modos de hacer de la academia.
Estéticas del cuidado
Hemos sacrificado la estética, nos hemos olvidado de los cuidados y con ello se nos ha escapado la posibilidad de generar ambientes fértiles para la producción de conocimiento. La universidad ha optado por un feísmo que no es ni fértil ni productivo, es el feísmo de la desidia y la falta de imaginación. Los sitios para re-aprender todo ello o, quizás, aprenderlo por primera vez son esos lugares que desde la estética se mueven hacia la academia. Quizás la academia pudiera hacer un tránsito inverso. Dos de esas instituciones son Medialab-Prado e Intermediae, espacios dedicados a la producción cultural y artística que a lo largo de los últimos años han explorado a través de su propia práctica las formas de una institucionalidad nueva para el mundo del arte y la cultura. Ambos son centros públicos del ayuntamiento de Madrid, fundados o refundados en la última década y localizados en el centro de la ciudad: uno ubicado en Matadero (Intermediae) y el otro junto al Paseo del Prado (Medialab-Prado).
En Medialab-Prado es posible encontrar un día a programadores dedicados a prácticas especializadas del software libre y otro día a académicos de los estudios urbanos discutiendo sobre la ciudad, hackers que alumbran prototipos y abogados que hackean las leyes. Los intercambios entre el mundo de la cultura digital y otros dominios son comunes, fructíferos y esperanzadores. En Intermediae abundan las iniciativas con una intensa orientación social, una calificación sin duda parcial e insuficiente: un banco de semillas convive con una escuela experimental que tiene cabida para ejercicios poéticos y las exploraciones del sexo hipster; una factoría de cine sin autor abre el barrio a la narrativa visual y recientes intervenciones en barrios periféricos extienden Intermediae hacia otros lugares de la ciudad.
Ambas instituciones han repensado la relación con quienes antes eran únicamente consumidores de cultura y arte, han habilitado espacios para la crítica de su ámbito profesional y han expandido los límites de la estética hacia otros dominios. Quizás la dificultad para hablar de ellas reside en su carácter inclasificable: son anomalías increíblemente fructíferas. Su singularidad ha atraído el interés de la universidad y de tanto en tanto algún congreso, seminario o encuentro académico se realizan en ellos. Una presencia que evidencia la fascinación por algo de lo que carecemos en la universidad, su ubicación en esos lugares se reduce a menudo a una relación instrumental.
A lo largo de estos años Medialab-Prado e Intermediae han acomodado en su seno públicos concernidos que hibridan disciplinas y desarrollan investigaciones impuras, y lo han hecho a través de prácticas que acogen al extraño y miman al conocido. Medialab-Prado ha hecho de la hospitalidad la piedra de toque de su práctica experimental. La antropología ha sancionado el rapport y la generación de confianza como práctica epistémica para la producción de conocimiento etnográfico, Medialab-Prado nos señala otra práctica distinta destinada a tratar con propios y extraños: la hospitalidad. Y por esa senda del cuidado transita también Intermediae cuando se disemina por la ciudad en sus intervenciones urbanas. Podría decirse que del cuidado por una cierta estética urbana Intermediae transita hacia una ética del mimo de ciudad. Y es precisamente a través de esas prácticas como ambientan las condiciones propicias para redistribuir otras sensibilidades, producir nuevos conocimientos. La hospitalidad de un lado y el cuidado del otro aparecen entonces como la condición para la reinvención de nuevas prácticas epistémicas. Su ejercicio podría describirse a menudo como un trabajo de ambientación: la producción de atmósferas epistémicas que permiten la producción de conocimiento. En ambos casos, unas estéticas del cuidado ambientan las condiciones propicias para alumbrar una nueva episteme en la ciudad.
Espacios de esperanza
Un observatorio, un ecosistema de colectivos y dos anómalos centros de cultura/arte. Tres espacios que mantienen una singular relación con la ciudad: intiman con ella, generan nuevas arquitecturas de la colaboración y ambientan las condiciones que nos ayudan a redistribuir nuevas sensibilidades epistémicas desde estéticas cuidadosas. Todos ellos forman parte de una geografía urbana de lugares definidos, una trama por la que circulan personas, objetos, argumentos, conocimientos y esperanzas destinadas a una ciudad distinta. No son los únicos lugares que nos proporcionan inspiración, hay muchos otros, pero basta para elaborar el argumento: la ciudad deja de ser un simple contenedor y escenario en ellos para ser contenida dentro de sus prácticas, y de esa manera los proyectos descritos brevemente nos proporcionan una pista para renovar la universidad y reinventar modos de hacer en la academia.
Se dice que la construcción de algunas universidades fuera de la ciudad durante la dictadura fue una manera de desactivar su potencial político. Las universidades autónomas (en Madrid y en Barcelona) y la Universidad de Bilbao fueron localizadas en los setenta en la periferia con la intención anular su autonomía política. Podríamos decir que la figura de la torre de marfil con la que se representa la indiferencia de la academia no es otra cosa que un alejamiento de la ciudad: una distancia de sus calles, plazas y jardines que lleva aparejada el olvido de sus asuntos y el ensimismamiento en los propios. El episodio histórico insinúa el potencial de imprevisibles hibridaciones cuando la universidad se localiza y mezcla con la ciudad. Lo vimos hace unos meses en la iniciativa que sacó las universidades a la calle en 2012 y 2013 en protestas por los recortes en educación, fue uno de los gestos más radicales de esta institución en los últimos años. En la calle y a la vista de todos, las jerarquías tradicionales se diluyen y el aura del experto se difumina. El conocimiento expuesto a la vista de todos y al alcance de cualquiera puede ser desafiado por unos y otras. Quizás la universidad debería comenzar a pensar si la ciudad no es sólo un lugar de tránsito sino un espacio de ocupación. Un espacio que ocupar y donde dejar ocuparse.
Quizá las universidades necesitan recuperar su proximidad con la ciudad: re-urbanizarse. Urbanizar la universidad sería una manera de comprometerse en el sentido de ponerse en un compromiso, como dice Marina Garcés. Urbanizar la universidad sería situarla en un contexto donde las jerarquías no están establecidas por anticipado, donde el maestro es quizás un ignorante que ha de aprender antes que enseñar. Urbanizar la universidad sería exponerla a lo imprevisible y de esa manera ante preguntas que no era capaz de plantearse. Urbanizar la universidad es una vía para reinventar (literalmente) un espacio con capacidad para esperanzarse a sí misma y lograr esperanzar a otros/as.
Imagen: Una ilustración tomada de The book of miracles, una obra dedicada a ilustraciones medievales sobre pensamiento mágico.
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